miércoles, 29 de diciembre de 2010

Regreso

Regreso a Madrid. AVE que no vuela, pero casi. Todo pasa demasiado deprisa: los días de fiesta, las horas, el paisaje... La lluvia golpea con fuerza las ventanillas del tren.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Nochebuena

Estación de Atocha, tarde de Nochebuena. Maleta cargada de regalos. Villancicos por megafonía, viajeros con gorros de Papá Noel, sonrisas, buen rollo, llamadas de quienes me esperan... Vuelvo a casa.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Solidaridad entre mujeres

En el mundo hay personas excepcionales. Al menos eso han debido pensar las enfermas de cáncer del hospital Saint Joseph de Marsella cuando han visto llegar al equipo de voluntarias de la fundación Mimi. A simple vista no hay nada que las distinga como seres especiales, pero al entrar en contacto con ellas empieza la magia: reparten ilusión entre las pacientes y les hacen olvidar por unos instantes los rigores de sus tratamientos y la dureza de su situación. Las voluntarias trabajan con entusiasmo y eficacia. Con el masaje inicial dibujan una sonrisa placentera en el rostro de las enfermas y con una mirada escrutadora identifican sus atractivos, abren sus estuches de maquillaje y se adentran de lleno en su misión: embellecer a unas mujeres que están luchando con todas sus fuerzas por recobrar la salud y están sintiendo en sus cuerpos los estragos de la batalla.


Las bases de maquillaje y los pinceles cargados de color devuelven el brillo a sus pieles; las pelucas ocupan el sitio de los pañuelos y resaltan el óvalo de sus caras; las cremas antiojeras disimulan la falta de sueño y los lápices de ojos y el rímel agrandan unas miradas de mujeres valientes y decididas, heroínas ejemplares en una guerra con momentos tremendos de soledad.


Con frecuencia se habla de la rivalidad entre mujeres; de las estratagemas retorcidas de nueras, suegras y cuñadas; de los comentarios maliciosos de supuestas amigas o de las zancadillas profesionales de colegas inseguras y ambiciosas. De la solidaridad entre mujeres se habla poco. Se da por supuesto que una abuela cuide con paciencia de sus nietos mientras su hija descansa, que una vecina prepare la comida durante la enfermedad de la inquilina del piso de enfrente o que una voluntaria dedique la mañana del sábado a maquillar a una absoluta desconocida en la habitación de un hospital. Pero son esas mujeres las que consiguen multiplicar las fuerzas de otras, las que sacan lo mejor de quienes las rodean y las que hacen que el mundo sea un lugar mejor gracias a su entrega y su generosidad. Admiro la sensibilidad de estas personas: son mucho más importantes y necesarias de lo que puedan llegar a creer.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Zona protegida

Uno de mis momentos preferidos del día es el anochecer, cuando regreso del trabajo y traspaso el umbral de mi casa. Fuera se quedan el frío, los atascos y las colas en las cajas de los supermercados. La puerta es un paso fronterizo: permite la entrada a quienes queremos y bloquea la entrada a visitas indeseadas. La visión de la casa recién iluminada y el sonido de la puerta que se cierra tienen un efecto tranquilizador. Empieza la parte más valiosa de nuestro tiempo, la que podemos dedicar a lo que más nos gusta y a quienes más nos importan.

Hay pocos lugares tan plácidos para el descanso como nuestro sofá; sitios tan apetecibles para comer como nuestra cocina y cafés tan en su punto de crema y cafeína como el que prepara nuestra cafetera; no hay mejor espacio para ver un partido de fútbol como nuestro salón y rincones tan íntimos y conocidos como el de nuestro dormitorio (por no hablar de los baños, tan anhelados cuando estamos varios días de viaje y no terminamos de acostumbrarnos al uso de los ajenos).

Desde hace algún tiempo, me he vuelto más casera si cabe: prefiero preparar la cena para mis amigos que quedar en algún restaurante o escribir en mi despacho que en la mesa de una cafetería (aunque no dejo de apreciar las ventajas de abrir la tapa del portátil en un local tranquilo, con música agradable y una buena selección de aperitivos).

A pesar de ser una viajera infatigable y estar siempre dispuesta a la aventura, no dejo de reconocer que mi casa es uno de mis lugares preferidos en el mundo. El sitio que alberga los objetos que me hacen la vida más agradable. Mi refugio personal de brazos abiertos, donde sé que me quieren y mi esperan. Cuando abro la puerta de mi casa se acaban las tensiones: estoy en zona protegida.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Sé cómo eres

Ni test de personalidad ni estudios sociológicos: hay otras formas más divertidas y curiosas de intuir el carácter y las motivaciones de las personas que nos rodean. Basta con tomarse el tiempo necesario, afinar nuestras dotes de observación y encontrar el escenario adecuado, un lugar que presente múltiples opciones y en el que concurran todo tipo de personajes.

Tomemos como ejemplo el self-service de un gran complejo hotelero. 13:30 horas: empiezan a llegar los primeros turistas. Tras hacerse con sus bandejas de plástico y empezar su periplo por las distintas fuentes del autoservicio distinguimos a nuestros primeros sujetos de estudio:

1.- La mujer controladora. Está más pendiente de la bandeja de su marido que de la suya propia. Cada vez que su cónyuge se acerca a un plato apetitoso le recuerda sus problemas de colesterol y si toma una segunda cerveza empieza a relinchar como un caballo de carrera. Es autoritaria, antipática y aguafiestas.

2.- El niño-latazo (y digo “latazo” por no emplear otro adjetivo que termina en “azo” que sería más preciso, pero menos decoroso para este blog). Insiste en rociar un plato lleno de patatas fritas con un bote de tomate ketchup que termina salpicando a los incautos que están alrededor. El niño-latazo se dirige a su madre como una metralleta -“Mamá-mamá-mamá”-, tiene tendencia a derramar su vaso de Coca-Cola y su cucurucho de chocolate y llora desconsoladamente cuando algo le sale mal. En el colegio siempre se lleva capones en el recreo. Es despistado, un poco torpe y bonachón.

3.- El viajero solitario. Se pasea por el autoservicio con cara de asco, recrimina a un camarero filipino de sonrisa congelada (no habla español y se limita a asentir con la cabeza) la falta de variedad del menú y se sienta en una mesa de cara a la pared para evitar el contacto con los otros. Es antisociable, maniático y protestón.

4- La chica que busca una aventura. Acaba de salir de la piscina y se adentra en la sala subida en unos tacones de 7 cm y enfundada en un minivestido. Provoca atascos en las colas del autoservicio formulando preguntas sobre todos los platos poniéndole ojitos al camarero más guapo de la plantilla. Es seductora, coqueta y buscadora de nuevas experiencias.

5.- La pareja deportista. Se han pasado toda la mañana en el gimnasio, tienen cita en la pista de tenis por la tarde y clase de yoga al anochecer. Han convertido sus chándales en su uniforme vacacional y calculan a ojo de buen cubero la cantidad de calorías de cada plato. Son organizados, saludables y metódicos.

6.- Presuntos culpables. Están entraditos en carnes y miran con deseo la fuente de los postres. Se debaten entre el deber (un plato de fruta) y el querer (una selección de pasteles). Tras varios paseos entre ambas fuentes y unos minutos de deliberación, terminan por una solución intermedia: tarta de chocolate con guarnición de sandía y kiwis. Son caprichosos, indecisos y dan muchas vueltas antes de tomar una decisión.

..........

Podríamos seguir describiendo a personas desconocidas hasta el infinito. Aunque no nos demos cuenta, emitimos continuamente señales de cómo somos y cómo nos relacionamos. Nuestros gestos y acciones dicen más que nuestras palabras: proyectan una luz sobre nosotros que no pasa inadvertida para aquellos que saben observar.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Estar conectado

Casas de piedra con chimeneas humeantes, prados tapizados de verde y una lluvia fina que riega la tierra con insistencia y llena el paisaje de bruma. Viajamos en coche, con la prudencia que obliga el mal tiempo y que permite que los ojos se detengan en cada detalle. A ambos lados de la carretera, las señales de tráfico se alternan con cruceiros rodeados de musgo y rótulos de bares de aspecto sencillo y mesa agradecida, donde se come buen pulpo y el vino prolonga las sobremesas con alegría y buen humor. Galicia en otoño huele a leña y pan recién horneado, a tierra mojada y paredes humedecidas.


Los pueblos del Norte acogen al viajero con la calidez de la gente del campo, que vive permanentemente conectada con la Naturaleza. Siempre he admirado la fuerza de ese vínculo y la capacidad de algunas personas para predecir la proximidad de las lluvias o el alumbramiento de un animal, de saber qué necesita la tierra para ser más fértil y producir mejores cosechas. Los habitantes de la ciudad no estamos tan conectados con el entorno (o sí: con su parte más ruidosa, estresante y prefabricada) y trasladamos con frecuencia esa falta de conexión a nuestras propias vidas. Cuántos problemas de salud podrían evitarse -o al menos mitigarse- haciendo deporte y comiendo de una forma más sana; cuántas relaciones se salvarían si nos comunicáramos más y mejor; cuánta energía podría ahorrarse reciclando materiales y consumiendo de una forma más razonable...


Estar conectado es estar presente y actuar de acuerdo a la naturaleza de cada situación, respetando sus ciclos y su esencia. La felicidad es más accesible cuando sabemos fluir con nuestro entorno.

martes, 26 de octubre de 2010

Una luz más fuerte

Tiene una sonrisa generosa y resplandeciente, capaz de iluminar una calle entera. Sus ojos brillan con una luz especial, como si custodiaran un secreto inaccesible al resto de los mortales, una fórmula mágica para conservar la tranquilidad y el buen humor en cualquier circunstancia, en todo momento. Siempre.

Llega por la mañana temprano al rincón que ocupa desde hace años en Bravo Murillo, cerca de la salida del metro de Tetuán, enfrente de un semáforo donde cada día desfilan presurosas cientos de personas que van y vienen mirando los relojes, apremiando el paso de los niños que llevan de la mano o apurando los últimos instantes en los que el color rojo mantiene a raya a una larga hilera de coches.

El músico despliega su silla de playa y se sienta delante de una fachada llena de colores, letras y mensajes variados: promociones de un gimnasio especializado en culturismo, carteles de un cantante latino que anuncia un concierto en una sala cercana y mensajes de señoras serias y formales que se ofrecen para servicio doméstico y dejan su teléfono móvil en pequeños papelitos escritos a mano.

Después de orientar su silla hacia el sol, extrae el acordeón de su funda y lo acerca con suavidad hacia el pecho, como si lo estuviera abrazando. Hay gestos que dicen más de una persona que una larga conversación. Y el acordeonista es un hombre de gestos, que acompasa armoniosamente con cada nota. Su cuerpo se mueve de izquierda a derecha siguiendo el ritmo de apertura y cierre de su instrumento, un acordeón viejo, vivido, lleno de polvo, emociones e historias. De vez en cuando, su cabeza se agacha en señal de agradecimiento hacia algún transeúnte que deja una moneda en su caja de cartón o para saludar a algún rostro conocido que identifica entre una marea de gente que sube y baja las escaleras del metro.

Bravo Murillo no sería igual sin su acordeonista: forma parte del paisaje propio de la calle, como el escaparate repleto de pasteles del “Nebraska”, la lista de cupones del vendedor de la ONCE o los expositores de zapatos sobre las aceras. Su serenidad inmutable resiste el frío de noviembre, el bullicio de las compras de Navidad y las tardes solitarias de agosto, en las que el sol aplasta el ánimo de los pocos incautos que se atreven a salir.

En todas las calles de Madrid debería haber una sonrisa como la suya.

Hay personas que, sin saberlo, son un foco constante de luz.

jueves, 21 de octubre de 2010

Carrera de obstáculos

Seguro que en algún momento tú también has tenido la misma sensación: hay ocasiones en las que, por mucho que te esfuerces en conseguir un objetivo, todo parece ponerse en contra. Los imprevistos se multiplican, las puertas se cierran y el ánimo de los que están alrededor crea una atmósfera pesada, como si la sola idea de seguir adelante agotara de antemano todas las reservas de energía. En esos momentos, en los que todavía intentas que la situación se pueda resolver, te sientes como un corredor que no para de saltar obstáculos que se agrandan y se reproducen a medida que te acercas a la meta.

Un cliente que no para de poner objeciones a un contrato; una cena familiar en la que los reproches van de un lado a otro de la mesa como la bola de una partida de ping-pong; un viaje en el que la lluvia o la torpeza de un tour operador boicotea un fin de semana de vacaciones… Las carreras de obstáculos son difíciles y desalentadoras. Por eso conviene recordar que nadie nos impide hacer un alto en el camino, buscar un poco de ayuda y mirar la situación con distancia y sentido del humor. No estamos sujetos a un cronómetro y, en ocasiones, hay más de una calle en el circuito para llegar a la línea de meta. Las consecuencias no tienen que ser tan desastrosas como prevemos, ni los resultados tan decisivos. Los corredores expertos lo saben: los obstáculos se hacen más grandes cuando les das demasiada importancia.

martes, 12 de octubre de 2010

Yo invito a esta ronda

“No tengo dinero para hacer muchos planes. Estoy en paro”. Hacía tiempo que no escuchaba esta frase, quizás desde mis años de Universidad, donde muchos compañeros tenían que dividir su tiempo entre las horas de clases y las que pasaban cuidando a algún niño o sirviendo copas en un bar los fines de semana para poder afrontar sus gastos. Entonces el dinero servía para amortizar la matrícula, comprar cigarrillos o planificar una pequeña escapada. La misma frase pronunciada años después hunde los hombros de quien la pronuncia con el peso de la hipoteca, la guardería y la letra del coche familiar.

La crisis es una mancha resbaladiza: te hace tambalear y te impide recuperar el paso durante un tiempo. Por eso los desempleados y los mileuristas -que integran la categoría siguiente en el mundo de la precariedad laboral- soportan una carga tan pesada: a la preocupación por cumplir con sus pagos se suma la impotencia de saberse fuera del sistema, en una situación donde no hay lugar para planes a simple vista tan insignificantes como salir a cenar con los amigos o pasar un fin de semana en una casa rural. El sistema no entiende de recortes de plantilla, ni de proyectos aplazados en la agenda inestable de los autónomos. Estás dentro y ganas dinero o estás fuera y te las tienes que ingeniar como sea para salir adelante. No hay fórmulas intermedias. La falta de recursos es uno de los principales motivos de exclusión en nuestro mundo moderno y productivo.

En estos momentos de incertidumbre, la amistad es una fuente poderosa de energía para salir del bache. ¿No hay dinero para unas tapas por el centro? Pues abramos la puerta de nuestra casa para recibir a los amigos con una comida sencilla y una buena sobremesa. Renunciemos a los planes caros, pero no al placer de estar en compañía de quienes nos quieren y saben cómo somos y cuánto valemos independientemente de nuestra situación laboral.

La fortuna es caprichosa: unas veces nos eleva y otras nos hace descender a los infiernos. Por eso hay que sujetar con fuerza las manos de quienes resbalan: la solidaridad es el bálsamo más efectivo para superar los malos momentos. Ahora ha llegado el turno de quienes estamos trabajando. Ésta es nuestra oportunidad para pronunciar esa frase tan sociable y generosa que hemos escuchado decenas de veces en las películas: “Yo invito a esta ronda”.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Hombres de verdad

-“El problema es que ya no quedan hombres de verdad. A nuestra edad están todos casados o arrastran relaciones fracasadas del tipo ‘me hicieron daño y tengo miedo a enamorarme’ o ‘aún no me siento preparado para empezar algo serio’. Encontrar pareja a partir de los 30 no es difícil: es prácticamente imposible”. Escucho con atención a mi amiga, que no para de girar la cucharilla dentro de su taza de café. Habla con una convicción demoledora, fabricada con estadísticas personales de hombres que entraron con una pasión prometedora en su vida, pero que acabaron saliendo sin muchas explicaciones por la puerta de atrás. Intuyo que ya ha borrado esos nombres de su agenda de teléfono y de su cuenta de msn, que se ha deshecho de las fotos, los regalos y de esos pequeños detalles (una entrada de cine, la tarjeta de un restaurante…) que testimonian el paso de un amor. Sin embargo, de vez en cuando, el recuerdo de algunos de ellos reaparece. Como hoy, como en este preciso instante. No identifico exactamente quiénes son, pero puedo distinguir sus sombras.

Bip-bip. Miro instintivamente mi móvil, pero no tengo ningún mensaje. Mi amiga tarda unos segundos en coger el suyo y se hace la remolona antes de abrir el buzón de entrada. -“A buenas horas da señales de vida”-, comenta defraudada. -“Ayer no contestó a mi mensaje y hoy me invita al cine. Pues va a ser que no, chaval”-, sentencia. -“¿No vas a contestarle?”-, le pregunto pasados unos minutos. -“No. Hoy soy yo la que no responde. Voy a seguir su misma estrategia”-.

Mi amiga guarda el móvil en su bolso con aspecto triunfal. Acaba de ganar un punto, o al menos eso cree. En el mundo de las relaciones fugaces si no tienes estrategia, no eres nadie. No decir las cosas nunca de forma clara, dar a entender que tienes otras opciones, aparentar que ni se te había pasado por la mente comunicarte con él, pero ser irresistiblemente seductora cuando al fin le tienes delante… Conocer a fondo las reglas y ponerlas en práctica.

-“Ya no quedan hombres de verdad”-, se lamenta. Y ella tiene sus razones, aunque quizás se le olvida lo más importante: esos hombres que desearía conocer no aceptarían esas reglas, porque sencillamente buscan otra cosa. Con toda seguridad el tipo de hombre con el que ella sueña no se relacionaría de este modo, ni tampoco esperaría que su pareja lo hiciese. A veces tenemos una expectativa muy fuerte en los otros, pero les damos justamente lo que nunca querríamos recibir. En el amor, sin darnos cuenta, caemos continuamente en nuestras propias telas de araña.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Motivos para alegrarse la vida

Hace años, cuando fui a Londres a hacer un curso de inglés, me impresionó un slogan publicitario que leí en un vagón de metro: “¿Inspiración? Se trata de saber hacia dónde mirar”. En aquel entonces tenía poca experiencia, ninguna herida y escaso entrenamiento en saltar obstáculos. La vida me había mimado y aún no me había sometido a pruebas difíciles. Sin embargo, la frase quedó grabada con fuerza en mi memoria, como si en el fondo supiera que en algún momento volvería a pensar en ella. Hay pensamientos que funcionan como brújulas: nos orientan en trayectos complicados del camino y marcan con claridad la dirección que debemos seguir.

Años después, comprobé la verdad escondida en esa frase. Hicieron falta despedidas indeseadas, cambios de residencia, crisis profesionales y algún que otro arañazo en el corazón para darme cuenta de que en los momentos más duros es cuando hay que mirar con más atención a nuestro alrededor en busca de inspiración, cuando hay que dejar de pensar en lo incómodo de la situación que vivimos para encontrar motivos, por pequeños que sean, para alegrarse un poco la vida.

Durante estos días he pensado más de una vez en esta frase. La he sostenido entre mis manos como una piedra preciosa, mirándola desde todos los ángulos, calibrando cuáles eran las partes que desprendían más luz. Entonces he dejado de pensar en los días que llevo sin salir de casa, en cortisona, ataques de tos e inhaladores. He mirado a mi alrededor y me he recreado en el cariño con el que me está cuidando mi marido, la atención incondicional de mi madre, las llamadas y mensajes afectuosos de familiares, amigos y compañeros de trabajo y los dulces argentinos de Ali.

Los pensamientos positivos contienen un imán: cuanto más los cultivas, con mayor facilidad aparecen. Así que llevo toda la mañana pensando en todas las cosas que voy a hacer cuando me recupere: tomar helado de chocolate, dar un buen paseo por la plaza de Oriente, beber una copa de Rioja, quedar en una terraza con los amigos, volver a casa por mi cumpleaños y cenar con mi familia junto al jardín…

Saber hacia dónde mirar implica buscar en los sitios adecuados y cruzar miradas con las personas más queridas. Por muy gris que sea nuestra situación, siempre encontraremos motivos para que la vida sea más agradable y llevadera.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Estaciones de paso

En cualquier viaje hay estaciones incómodas de transitar. En ocasiones, el tren se estropea y te obliga a pasar un tiempo indefinido en lugares inhóspitos y desagradables, andenes sombríos donde las horas pasan lentamente, pesadamente, cansadamente.

En estos momentos, me encuentro en una de esas etapas. El andén está en la zona Norte de Madrid, junto a cuatro imponentes rascacielos. El hospital de La Paz tiene una estación bulliciosa y concurrida a la que se accede por el Servicio de Urgencias. Celadores de camisa amarilla y pantalón blanco tratan de poner orden en la fila de enfermos que guardan con resignación su turno para ser inscritos en la sala de admisión. Mujeres y hombres de todas las edades, razas y condiciones sociales aguardan para recibir atención mientras reposan las cabezas en el hombro de sus parejas, se tocan con preocupación las partes doloridas de su cuerpo o miran con impaciencia el reloj. Los familiares se ponen nerviosos y preguntan a los celadores, los enfermos en silla de ruedas ralentizan visiblemente el tránsito y las voces de megafonía no paran de llamar a enfermos que buscan con torpeza la consulta 1 (-“¿Han dicho 1, verdad?”-), se dan cita en la puerta de Urgencias para ser conducidos en grupo a las salas de radiografías o son convocados para un tratamiento, como en mi caso.

La primera sensación que tengo al entrar es desoladora: en una ciudad como Madrid, donde los edificios y servicios públicos están tan cuidados, resulta asombroso comprobar el aspecto decadente y anticuado de su hospital principal. Un asiento de metro está mejor cuidado y conservado que un viejo sillón de la sala de curas. Desde el puesto que me asignan, mientras inhalo el líquido gaseoso del aerosol, miro al señor octogenario que tengo enfrente. -“Saturnino, vamos a tener que ingresarle”-, le anuncian. El hombre tiene aspecto de estar cansado y muy enfermo. En su mirada hay varios signos de interrogación (¿Por qué, hasta cuándo…?), pero agacha la cabeza y no dice nada. A su lado, una joven que se contrae sobre el vientre (-“Aún no la ha visto el médico, pero la hemos traído aquí porque estaba sola”-, comenta una ATS a su colega), una chica pelirroja conectada a un suero y un señor de cuarenta y tantos unido por un estrecho tubo y una mascarilla a una máquina de oxígeno. Me encuentro mal, de hecho hacía tiempo que no me encontraba tan mal. Pero el médico de la consulta 9 me ha dicho que podía volver a casa después de haberme recetado los fármacos y haberme explicado la posología. Me siento triste, cansada y dolorida, pero afortunada. En mi caso, el hospital es sólo una estación de paso.

martes, 24 de agosto de 2010

Desde el banquillo

Las vacaciones han terminado de una forma totalmente imprevista: desde hace más de diez días tengo una bronquitis persistente que me ha privado de disfrutar de los últimos días de playa, de las salidas al anochecer y del ambiente festivo del agosto, con brindis entre amigos con bebidas bien frías, bailes hasta la madrugada y momentos de diversión dignos de comentarios memorables en los álbumes de fotos y los perfiles de Facebook.

La enfermedad me está obligando a contemplar el partido desde el banquillo, con un hilo escaso de voz y sin posibilidad de intervenir en el juego. Por eso sigo al pie de la letra las indicaciones de los médicos y voy a todas partes con mis frascos de jarabe, mi tableta de antibióticos, una botella de agua y un pañuelo anudado al cuello (una imagen extraña en el paisaje caluroso de Madrid).

Cada día no disfrutado es un trozo de vida imposible de recuperar en el tiempo. Espero que los medicamentos comiencen a surtir efecto. Quiero volver a jugar.

jueves, 12 de agosto de 2010

Iniciar el juego

-“¿Juegas conmigo?”-, me propone una voz dulce y desconocida. He perdido la cuenta del tiempo que llevo leyendo debajo de la sombrilla. El libro se acerca a la resolución de la trama y me he abstraído totalmente de los niños que juegan con sus pistolas de agua al borde de la piscina, de los padres que se saludan cuando llegan con las toallas, la crema protectora y el periódico debajo del brazo y de las madres que no paran de dar indicaciones a sus hijos: sal del agua, no te vayas a la parte profunda, no hagas ahogadillas a tu hermana, ven a comerte la fruta, mueve con fuerza las piernas cuando nadas, no salpiques tanto cuando saltes…

Levanto la vista y me encuentro a una niña morena que me sonríe y me tiende su mano derecha mientras sostiene un cubo de plástico rosa con la izquierda. Ahora sé lo que siente Shrek cuando mira a los ojos a su gato espadachín: hay miradas a las que es imposible resistirse.

-“Vale”-, acierto a decir. -“¿Cómo te llamas?”.

-“Marta”-, me informa la niña, que camina con paso decidido hasta la piscina. -“Y ésa de allí es mi hermana Silvia”-. Resulta fácil reconocer a su hermana no sólo por el parecido físico, sino porque llevan el mismo bañador celeste con rayas verdes. En ciertos estratos sociales, también hay uniformes “de hermano”: los pequeños tienen que ir vestidos de forma idéntica. Para algunos es un síntoma inequívoco de clase y distinción.

-“Hola, Silvia”-, saludo desde la escalerilla de la piscina. Poco tiempo después, me encuentro rodeada de niños que me animan a jugar con sus “churros” (es gracioso el nombre de este juguete, sabe a chocolate), a pasarles un balón de Nivea y llenar sus cubos de agua para que ellos llenen una piscinita de plástico, destinada a los más pequeños de la tropa. Conozco a Alberto y Jaime (también uniformados “de hermanos”), a la pequeña Jimena y a Jacobo, un niño de 12 años con aire de surfero que ya está levantando los primeros suspiros en la urbanización.

Termino un poco cansada de tanto trajín acuático, me tumbo un rato al sol para secarme y me despido de los pequeños, que me preguntan si mañana volveré a la piscina. De camino a casa, en el ascensor, me maravillo de la naturalidad con la que los niños hacen nuevas amistades, su facilidad de comunicación y de contacto. Jugueteando con las llaves de la puerta trato de acordarme de sus padres. De vista conozco a casi todos, pero sólo recuerdo dos nombres.

jueves, 29 de julio de 2010

Mancha de tinta sobre fondo blanco

Recorro en taxi las calles de Barcelona. El conductor ha verificado la dirección de mi cita en el GPS y me ha confirmado que nos quedan 25 minutos de trayecto. Al parecer, el comercial que organizó mi viaje no introdujo la información completa y reservó un hotel cerca de la calle Dante, en el sur de la ciudad, creyendo que se trataba de la calle Dante Alighieri, situada en la zona norte. Suspiro profundamente, mando un sms para prevenir a las personas que me esperan que voy a retrasarme y contesto con monosílabos al conductor del taxi, empeñado en hacerme todo tipo de preguntas indiscretas -de dónde vengo, por qué visito la ciudad, en qué sector trabajo…- para darme conversación. Mientras tanto, observo con admiración la arquitectura exquisita de los edificios de Barcelona, el paseo embelesado de los turistas y la mezcla de nacionalidades -una mujer india con sari, varios occidentales y un chico de color- que esperan la llegada de un autobús de línea.

La vida está llena de imprevistos y de equivocaciones. No siempre tenemos los datos correctos o la información completa. A veces los mapas no están actualizados con los últimos cambios o simplemente no están bien trazados. Por eso damos tantos rodeos, nos salimos de la ruta o nos adentramos en callejones sin salida. Perderse es muy fácil cuando se está dispuesto a recorrer un camino desconocido: lo difícil es asumir el error. Estamos acostumbrados a los aciertos, a los textos sin tachaduras y a las vidas aparentemente perfectas. Los errores son manchas de tinta, borrones molestos e inoportunos sobre un fondo blanco. Sin embargo, ¿cuántas veces no hemos disfrutado de una situación o hemos conocido a alguien interesante como consecuencia de un paso en falso o de una elección equivocada?
Las personas que no se equivocan son aquéllas que repiten los mismos esquemas y recorren las mismas rutas. Reconozco que he roto varios platos (bueno, yo diría que bastantes) incluso puede que alguna fuente y copas delicadas y valiosas. Pero he manejado numerosas vajillas y mantengo el entusiasmo por los retos y los descubrimientos. El error es el riesgo de cualquier camino desconocido pero, ¿acaso no merece la pena vivir la aventura?

miércoles, 21 de julio de 2010

Vacaciones

Hay palabras que nada más pronunciarlas evocan sensaciones y recuerdos agradables, palabras que nos envuelven y nos trasportan a situaciones placenteras y deseadas. “Vacaciones” es una de ellas, una palabra-álbum que se despliega ante nosotros con la alegría de las verbenas de verano, la luminosidad del amanecer en la playa y la complicidad de los almuerzos compartidos en familia, con tortilla de patatas, cerveza espumosa y una sandía recién salida del frigorífico y servida en rodajas sobre platos de Duralex.

Las vacaciones disparan los sentidos, estiran las horas y despiertan el deseo. Deseo de pasar horas debajo de la sombrilla leyendo un buen libro, de disfrutar de nuestra pareja o de hacer deporte al aire libre. Deseo de decidir sobre nuestro tiempo y elegir nuestras ocupaciones favoritas. De no mirar el reloj. De no chequear varias veces al día la blackberry. De dormir cuando apetece e improvisar los planes. De vivir cada día al máximo, con energía y buen humor.

Las vacaciones huelen a mar, a viento sobre la cara y tumbonas cerca de la orilla. A nuevas amistades y cámaras de fotos. A grandes bolas de helado que se resbalan por la galleta y brindis despreocupados en la madrugada. A sorpresas y aventuras. A días ganados a pulso en el calendario para multiplicar nuestras sensaciones y escapar de la rutina.

Que disfrutes al máximo de tus vacaciones.

¡Feliz verano!

domingo, 11 de julio de 2010

El mal amor

La Literatura ha mitificado la pasión. Cualquier héroe, por modesto que fuera, tenía que verse arrastrado por la fuerza de un sentimiento fuerte y palpitante, vivir una relación que se erigiera en el epicentro de su vida y le obligara a renunciar a cualquier cosa, a batirse en mil combates, para conquistar definitivamente a su pareja y poder consumar su amor. Luchar contra viento y marea. Enfrentarse a un entorno que no comprendía su historia. Salvar al otro de los problemas que le atormentaban. Esforzarse, esforzarse mucho, para estar a la altura de las circunstancias. Quien quisiera conocer el amor verdadero, tenía que vivir una gran pasión.

Cuántas veces nos hemos dejado llevar por el romanticismo de estas ideas y nos hemos visto envueltos en relaciones que creíamos muy pasionales. Pero… ¿puede llamarse amor el sentimiento que mueve a alguien a ponernos pruebas imposibles? ¿Actúa con amor la persona que nos pone en contra de nuestros seres queridos o la que espera que soportemos toda la carga de sus problemas, sus errores o sus miedos?

En ocasiones nos equivocamos al definir las situaciones y poner palabras a los sentimientos. No es lo mismo pasión que tiranía. Las grandes historias no se escriben a golpe de desencuentros. El amor no es egoísta ni manipulador.

lunes, 5 de julio de 2010

Botella medio llena


Sí, soy de las personas que ven la botella medio llena. También soy capaz de percibir las pequeñas grietas que surgen en las partes más desgastadas del vidrio y las dificultades de traspasar el líquido por un cuello rígido y estrecho. Tampoco soy ajena al hecho de que no siempre abundan los recursos ni ayudan las tormentas de alrededor. De acuerdo: hay una parte medio vacía e incómoda. Aún así, yo prefiero prestar mi atención a la abundancia de lo que está dentro, a la alegría de quienes contribuyen a que cada vez haya más y a las oportunidades que surgen para hacer que las cosas fluyan de forma agradable y placentera. No soy una optimista ingenua: soy una optimista consciente y voluntaria.

El optimismo no es un don, sino una declaración de principios.

martes, 29 de junio de 2010

Algo más que un profesor

-“¿Quién ha visto el mar esta mañana?”-, preguntaba al comienzo de cada clase. Transcurridos unos segundos de silencio que nos dejaba de margen para responder, Andrés, nuestro profesor de Literatura, levantaba lentamente la mano, esbozaba una sonrisa y nos contaba si el mar estaba enfurecido o en calma, si su color se asemejaba más al azul turquesa del cielo o si, por el contrario, reflejaba el gris plomizo de las nubes cargadas de lluvia. Poco después, comenzaban unas clases intensas, repletas de explicaciones, lecturas y redacciones. -“No hagáis un comentario de texto al uso. Prefiero que imaginéis que tenéis que escribir una carta al autor. ¿Qué le diríais sobre los personajes? ¿Os gustó la trama principal? ¿Os habéis podido meter en la piel del protagonista en algún momento de la novela?”-. Contagiar entusiasmo y curiosidad por la lectura no es fácil, pero menos aún entre un grupo de adolescentes que sueñan con que se acabe la clase para salir con sus amigos. A pesar de todos los condicionantes -los ojos pegados en la clase de las 7:00, la falta de atención de los alumnos más rebeldes y los garabatos de corazones en las libretas de los que se acababan de enamorar-, Andrés conseguía despertar el interés y la imaginación de los alumnos.

De todos los profesores que he tenido a lo largo de mi vida, es a él a quien recuerdo con más respeto y cariño. Pasados los años, entiendo por qué no se limitaba a leer las explicaciones aburridas de los libros y se molestaba en preparar clases divertidas, llenas de referencias para los más ávidos de aprender. -“¿Habéis estado en China?-, preguntaba al hilo de una trama o un personaje oriental. -“Cuando vayáis, tomaos vuestro tiempo para recorrer un tramo de la Gran Muralla. El paisaje es realmente espectacular”-, indicaba mientras nos enseñaba una página de unos de sus múltiples álbumes de fotos, en los que cada instantánea iba acompañada de un comentario escrito con una caligrafía pequeña y delicada.

Sí, Andrés ha sido sin duda mi mejor profesor. Avivó mi deseo de aprender y mi pasión por la lectura y me alentó a superar la timidez de mis primeros textos. A medida que voy cumpliendo años, me doy cuenta de lo difícil que resulta cruzarse con personas interesantes, que puedan y estén en disposición no sólo de transmitir un conocimiento, sino de compartir su forma de ver el mundo. ¿Quién ha visto el mar esta mañana? ¿Quién se ha fijado en lo que tenía alrededor? ¿Quién ha sido capaz de ver un poco más allá y salir de su pequeño mundo de rutinas, personajes conocidos y situaciones predecibles?

lunes, 21 de junio de 2010

Pendientes de un hilo


El sábado pasado estaba haciendo unas compras en un centro comercial de bricolaje. Habíamos elegido los artículos que nos íbamos a llevar y nos aproximábamos a la línea de cajas cuando escuchamos un grito aterrado. -“¡¡AYUDA!!!-, imploraba una voz joven y desgarrada. -“Por favor, AYUDA”-. El eco de sus palabras impuso silencio en varios metros a la redonda y paralizó a las parejas que discutían por el estampado de las cortinas, a los hombres que pedían asesoramiento a los empleados para escoger los tornillos adecuados y los niños que reclamaban un refresco entre sollozos. Hay sonidos que delatan una urgencia extrema, una necesidad imperiosa de auxilio y protección.

Alarmados por el tono grave de la joven, varias personas salimos corriendo en su busca sorteando pasillos llenos de grifos, intentando localizar a la chica entre utensilios de baño, estores y edredones. En medio de un pasillo, la joven trataba de sujetar a su madre, que sufría un ataque de epilepsia. Instantes después, varios empleados de la tienda le ayudaban, una clienta que era doctora intervino con eficacia hasta el final de la crisis (milagrosamente siempre se encuentra un médico cuando se le necesita) y la señora se recuperó en pocos minutos, acostumbrada ya a las sacudidas violentas y totalmente imprevisibles de los ataques epilépticos.

La vida nos pone al borde del abismo cuando menos lo esperamos. Todos nuestros esfuerzos pueden verse truncados en sólo unos minutos, en medio de un episodio intrascendente y banal como una jornada de compras. Afortunadamente, siempre hay personas dispuestas a correr ante un grito de socorro y echar una mano en los momentos en los que la vida golpea a alguien con fuerza y necesita apoyo y atención. La enfermedad nos convierte en seres frágiles y vulnerables. Quizás por eso también consigue unirnos y sacar lo mejor de nosotros.

jueves, 10 de junio de 2010

Mochileros


Tienen dos familias y dos dormitorios que alternan cada fin de semana. Son viajeros prematuros y han aprendido a vivir desde pequeños con una mochila a la espalda. Los niños de padres divorciados son especialistas en sortear las trincheras y están entrenados para pasar de uno a otro bando llevando propuestas de armisticios, declaraciones de guerra incendiarias o peticiones imposibles y costosas con las que los adultos ponen un precio a la paz.

Hay situaciones que, por amor a los hijos y por propio sentido común, deberían estar superadas. Con frecuencia oímos a los padres quejarse de las artimañas de sus “ex”, de la falta de atención del otro progenitor o de la intromisión de las nuevas parejas en la vida de los niños. Mientras tanto, en el fondo de un escenario en los que los padres se sitúan como únicos y sufridores protagonistas, vemos a unos niños condenados a manejarse en la tensión, obligados a actuar como confidentes de las frustraciones de sus padres y siendo testigos de episodios que seguramente tardarán muchos años en olvidar.

Un divorcio puede ser angustioso para un adulto, pero lo es aún más para un menor. Algo está fallando cuando exigimos a los niños comportarse con un nivel de madurez, comprensión y flexibilidad que los propios padres no son capaces de poner en práctica. En la mochila de muchos pequeños hay una carga cruel e innecesaria.

jueves, 3 de junio de 2010

Heridas de guerra

-“Miren este mapa”-, nos indicó Anita, nuestra guía turística, a la entrada del centro histórico de Dubrovnik. -“Las marcas negras señalan los lugares que fueron alcanzados por las bombas durante la guerra hace diez años; las señales rojas, los sitios que fueron incendiados. Gran parte de los monumentos que vamos a ver a continuación han sido reconstruidos. Poco a poco nos vamos recuperando”.

La mirada de Anita tenía el mismo aspecto que la ciudad: luminosa en el fondo y herida en la superficie. Los edificios guardan memoria de las balas con orificios en la piedra. Las palabras de los supervivientes conservan trozos de metralla y zonas de sombra, retales de historias que necesitan ser reconstruidos con paciencia y voluntad de mirar sólo hacia delante. Dubrovnik es una ciudad que ha perdido, pero que lucha con todas sus fuerzas por recomponerse. Por eso es tan agradable pasear por sus calles y descubrir rincones llenos de plantas, flores, colores y alegría.

Dubrovnik es una ciudad hermosa con la piel arañada.

sábado, 22 de mayo de 2010

Cuenta conmigo

La amistad cobra su máximo sentido en los días especiales en la vida de una persona. La alegría es más fuerte y brillante cuando hay un amigo cerca, dispuesto a acompañarnos y prestarnos su apoyo. Uno de esos momentos estelares, que marcan un antes y un después en cualquier biografía, es el día en que nos casamos y todas las personas importantes en nuestra vida están convocadas en una iglesia o en un juzgado expectantes, emocionados y deseosos de asistir a la ceremonia con sus mejores galas.

Una boda no sería tan bonita si antes de llegar al altar, los bancos no estuvieran repletos de caras conocidas y sonrientes al paso de los novios; si a la salida de la iglesia, no hubiera decenas de manos tirando arroz y pétalos de rosa para desearnos amor y prosperidad; si en el banquete no se escuchara el sonido festivo de las copas brindando con champán y los más veteranos no fueran los últimos en abandonar la pista de baile junto a los niños -incansables-, los jóvenes -imparables- y los novios, que se desquitan en la fiesta de tantos meses de estrés y preparativos.

Una boda es una demostración de cariño y amistad. Más allá de las felicitaciones y los regalos, hay detalles que difícilmente se pueden olvidar: el esfuerzo de los padres que participaron en todas las gestiones para ahorrarnos dinero, tensiones y malos ratos; la presencia de unos familiares que atraviesan un mal momento personal, pero que tienen la generosidad de aparcar su dolor por unas horas para participar de nuestra alegría; el largo viaje de unos amigos que han realizado un largo para poder acompañarnos o el gesto de una amiga que llega a tu casa sonriente después de haber recogido tu ramo de novia, aunque el médico le ha diagnosticado reposo absoluto.

Un amigo es que aquel que sabes que te dirá que sí. Que estará. Que te acompañará. Que sobre todo y a pesar de todo, puedes contar con él.
Gracias por estar ahí.

lunes, 10 de mayo de 2010

Conquistar tiempo

Una semana más tachada en rojo en el calendario y una reflexión realista y sincera: no he visto a esos amigos con los que intento quedar desde hace un mes, no he respondido el correo electrónico del compañero de Universidad que me contactó hace semanas a través de Facebook, ni he conseguido matricularme en el curso de fotografía que sueño con realizar desde principios de año.


El tiempo pasa demasiado deprisa, dejando poco espacio para las relaciones, el ocio y las aficiones. Los días se esfuman con rapidez, aunque tal vez no sea el tiempo, sino nosotros mismos, los que vamos demasiado deprisa, subidos en un tren que circula a toda máquina y que apenas se detiene para repostar combustible y seguir con presteza la marcha.

Cada vez estoy más convencida de que el éxito personal tiene que ver con la conquista del tiempo necesario para hacer las cosas que verdaderamente nos gustan y nos hacen más felices. En una sociedad de ordenadores portátiles y blackberries, vidas familiares que comienzan a partir de las 10 de la noche y cuellos doloridos por el estrés, los verdaderos privilegiados son los que encuentran el equilibrio entre sus obligaciones y sus pasiones, entre el tiempo que dedican a sus deberes y el que saben que necesitan dedicarse.

La conquista de tiempo es un ejercicio de inteligencia y voluntad.

miércoles, 28 de abril de 2010

Mujer invisible con niño a la espalda

Llegó sin hacer ruido, con media docena de collares suspendidos en cada brazo y un bebé rollizo durmiendo a su espalda. Caminaba con cierto cansancio, con un turbante y una túnica que evocaban los colores de la Sabana. Según los turistas ricos, el mayor encanto de África era el colorido espectacular del amanecer. Ella, que nunca había viajado en primera ni sabía lo que era un tour, recordaba África en blanco y negro, con miseria y dificultades. Algunas vidas son más agradables cuando se miran desde lejos.

-“Tres euros”-, informaba mientras acercaba los collares a los comensales que ocupaban las mesas del paseo marítimo. Grupos de amigos charlaban animadamente entre copa y copa, algunas parejas se hacían confidencias a la luz de las velas y los camareros hacían juegos malabares con las bandejas mientras sorteaban a niños corriendo y turistas despistados.

Los posibles compradores movían la cabeza en un gesto de negación y seguían hablando animadamente. A veces cuesta mucho mirar a los ojos y decir un par de palabras. Hay un mundo que se mueve en la sombra y es invisible para el resto. La mujer se marchó en silencio, sin haber vendido ningún collar. Las conversaciones, las risas y los juegos continuaron hasta la madrugada. A ella no la miró nadie en toda la noche.

martes, 20 de abril de 2010

Amores que terminan

No todos los amores duran para siempre, ni nos marcan de la misma manera. Hay personas que llegan a nuestras vidas para quedarse y otras que nos acompañan sólo durante un tramo del camino. En cualquier caso no es la duración lo que define el sentido de una relación, sino su impacto, su balance a favor de los buenos recuerdos y las experiencias vividas en común.

Lo que distingue a un gran amor de un amor de paso es la profundidad de sus huellas. El reconocimiento de haber vivido algo especial que ha sido capaz de transformarnos y convertirnos en personas mejores de lo que éramos antes de haber conocido a ese amor. El respeto por el tiempo compartido. La generosidad de haberse ido minutos antes de que la llama se apagase -cuando la ausencia del otro todavía dolía demasiado- para no permitir que la relación se agrietara con la decepción y el desamor.

Una relación terminada no es una relación fracasada. En el amor, el único fracaso es el odio y el rencor.

miércoles, 14 de abril de 2010

Andén

Andén: lugar de paso, apertura y cierre de puertas, ojos que miran detrás de los cristales.

domingo, 11 de abril de 2010

Aprender a compartir

Resulta fácil distinguirlas entre la muchedumbre: caminan deprisa, hablan de forma directa y viven agobiadas con una lista interminable de tareas pendientes. Trabajan, se ocupan de sus hijos, gestionan la intendencia de sus casas y terminan el día completamente agotadas y con la sensación de que las cosas más importantes de la vida se les están escapando de las manos.

Miles de mujeres transitan diariamente por los mismos laberintos, tratando de encontrar un camino que, en vez de conducirles a la salida, les sitúa una y otra vez en el punto de inicio, con las mismas trampas y los mismos obstáculos. De entre todos ellos -la falta de ayuda, la escasez de recursos…- el más severo y frustrante es el de la propia exigencia: cumplir a la perfección con todo y con todos. El perfeccionismo es un arma de doble filo: nos ayuda a mejorar y superarnos, pero también nos esclaviza y nos impide disfrutar de momentos que quizás no vuelvan a repetirse y que hemos acabado sacrificando por una obligación de cuestionable urgencia.

Lo más paradójico de la situación es que para las mujeres perfeccionistas cualquier pequeño detalle se convierte en una tarea ineludible: redactar un mail a un cliente que sólo ellas saben contentar, cocinar la tarta de cumpleaños de su hijo o levantarse inmediatamente de la mesa para limpiar los platos mientras los demás disfrutan de una agradable conversación. Si ellas no lo hacen personalmente, seguro que no saldrá igual de bien.

Si fuéramos más conscientes de nuestras prioridades y nos dejáramos ayudar con más frecuencia, el mundo sería un lugar más cómodo y menos estresante para las mujeres. Desde pequeñas nos han enseñado a atender e implicarnos en nuestras tareas pero… ¿cuándo vamos a aprender a compartirlas?

domingo, 4 de abril de 2010

Mudanzas

Las mudanzas actúan con la fuerza de un cataclismo: en pocas horas derrumban el paisaje que hemos tardado años en construir. Arrasan los rincones favoritos -aquéllos donde un objeto lucía bajo una luz especial o en los que nos sentíamos cómodos y relajados-, rompen la calidez que hasta minutos antes había reinado en el espacio y llenan la casa de desconocidos que embalan con rapidez y absoluta frialdad nuestras pertenencias más personales. El hogar comienza a desaparecer y se transforma en un lugar de paso, en un expediente nuevo en el ordenador de una agencia inmobiliaria.

Las mudanzas tienen un halo de nostalgia y el color sepia de las fotografías antiguas: extravían algunos objetos y sacan a relucir recuerdos de los que nos cuesta demasiado desprendernos. Cambiar de casa implica adentrarse de lleno en el desván y tener la valentía de abrir los baúles, fijar un nuevo orden y despedirse de cosas que ya no tienen sentido que nos sigan acompañando. Vaciar cajones y liberar hojas del álbum. Afrontar el reto de personalizar un nuevo espacio empezando desde cero, pero con la ilusión de inaugurar una nueva casa, una nueva vida.

Los inicios tienen la fuerza y la alegría de un cuadro gigante lleno de colores.

viernes, 26 de marzo de 2010

Sin vergüenza

Actúa con la severidad de un dedo que señala, acusa y condena. Provoca rubor en las mejillas y extiende una mancha negra en la autoestima de quien la padece. La vergüenza es un sentimiento tóxico, una forma sutil de miedo que mina a las personas con el efecto corrosivo de la lejía. Si tuviéramos menos vergüenza a mostrarnos como somos en realidad, a actuar sin que nos frenara la amenaza de equivocarnos, seríamos mucho más auténticos y espontáneos.

La vergüenza es el producto de un juicio múltiple: de los padres, los profesores, los amigos, la pareja, la familia política, los jefes, los clientes, los vecinos…

Demasiadas opiniones. Demasiadas expectativas. Demasiado ruido.

La vergüenza es un gran enemigo de la libertad.

Mañana de domingo


Músicos de jazz. Plaza de las Cortes (Madrid)

Ruptura

Una puerta que se cierra haciendo mucho ruido.

África

Charcos enormes al borde del camino. Manadas de animales que cruzan la Sabana. Niños de color bailando bajo la lluvia.

viernes, 19 de marzo de 2010

Locutorios

Son las nuevas torres de Babel, en pequeño formato y con paredes de hormigón. Los locutorios se han abierto paso en las grandes ciudades a golpe de pasajes de tercera y rostros que hace tiempo que sólo se ven en fotografías. Por suerte, siempre queda la voz. En árabe, chino, inglés, ruso, rumano…

Entrar en un locutorio es mirar por el cristal de un caleidoscopio. Una mujer con velo blanco que habla atropelladamente; un oriental de sonrisa nerviosa; un chico africano con camiseta de colores que sale de una cabina arrastrando pesadamente los pies; un dependiente argentino que cobra las facturas mientras saborea una taza de mate… Los locutorios son lugares que sirven para saltar las fronteras sin pasar por las aduanas y tener la sensación de estar un poco más cerca mientras un tarificador computa el coste de una llamada telefónica…

Es difícil que alguien comprenda la nostalgia si nunca ha empezado -desde cero y en solitario- una nueva vida en otra ciudad.

La distancia es una carga muy pesada.

miércoles, 17 de marzo de 2010

sábado, 6 de marzo de 2010

Deseo de aprender

De pequeña quise ser profesora, pediatra, diplomática, traductora, bailarina, investigadora… Quería aprender, experimentar, vivir muchas vidas dentro de la que a mí me había tocado. Me fascinaban las aventuras y los retos y no quería perder ninguna oportunidad de descubrir cosas nuevas. Lo desconocido siempre era un desafío y lo distinto (paisajes, personas, culturas, tendencias…) se presentaba ante mis ojos como un territorio por explorar.

Con el paso de los años ese deseo sigue intacto. Con menos romanticismo y menos ideas preconcebidas, pero con la misma ilusión y la misma fuerza. Por eso he puesto en marcha este blog. Me parecía una forma original de traspasar los límites y vivir una experiencia diferente. Escribir en el ciberespacio es lo más parecido a enviar mensajes dentro de una botella: nunca sabes cuál será su recorrido ni a qué manos llegará. Tan sólo hay una cosa de la que estoy segura: merece la pena intentarlo.