sábado, 22 de mayo de 2010

Cuenta conmigo

La amistad cobra su máximo sentido en los días especiales en la vida de una persona. La alegría es más fuerte y brillante cuando hay un amigo cerca, dispuesto a acompañarnos y prestarnos su apoyo. Uno de esos momentos estelares, que marcan un antes y un después en cualquier biografía, es el día en que nos casamos y todas las personas importantes en nuestra vida están convocadas en una iglesia o en un juzgado expectantes, emocionados y deseosos de asistir a la ceremonia con sus mejores galas.

Una boda no sería tan bonita si antes de llegar al altar, los bancos no estuvieran repletos de caras conocidas y sonrientes al paso de los novios; si a la salida de la iglesia, no hubiera decenas de manos tirando arroz y pétalos de rosa para desearnos amor y prosperidad; si en el banquete no se escuchara el sonido festivo de las copas brindando con champán y los más veteranos no fueran los últimos en abandonar la pista de baile junto a los niños -incansables-, los jóvenes -imparables- y los novios, que se desquitan en la fiesta de tantos meses de estrés y preparativos.

Una boda es una demostración de cariño y amistad. Más allá de las felicitaciones y los regalos, hay detalles que difícilmente se pueden olvidar: el esfuerzo de los padres que participaron en todas las gestiones para ahorrarnos dinero, tensiones y malos ratos; la presencia de unos familiares que atraviesan un mal momento personal, pero que tienen la generosidad de aparcar su dolor por unas horas para participar de nuestra alegría; el largo viaje de unos amigos que han realizado un largo para poder acompañarnos o el gesto de una amiga que llega a tu casa sonriente después de haber recogido tu ramo de novia, aunque el médico le ha diagnosticado reposo absoluto.

Un amigo es que aquel que sabes que te dirá que sí. Que estará. Que te acompañará. Que sobre todo y a pesar de todo, puedes contar con él.
Gracias por estar ahí.

lunes, 10 de mayo de 2010

Conquistar tiempo

Una semana más tachada en rojo en el calendario y una reflexión realista y sincera: no he visto a esos amigos con los que intento quedar desde hace un mes, no he respondido el correo electrónico del compañero de Universidad que me contactó hace semanas a través de Facebook, ni he conseguido matricularme en el curso de fotografía que sueño con realizar desde principios de año.


El tiempo pasa demasiado deprisa, dejando poco espacio para las relaciones, el ocio y las aficiones. Los días se esfuman con rapidez, aunque tal vez no sea el tiempo, sino nosotros mismos, los que vamos demasiado deprisa, subidos en un tren que circula a toda máquina y que apenas se detiene para repostar combustible y seguir con presteza la marcha.

Cada vez estoy más convencida de que el éxito personal tiene que ver con la conquista del tiempo necesario para hacer las cosas que verdaderamente nos gustan y nos hacen más felices. En una sociedad de ordenadores portátiles y blackberries, vidas familiares que comienzan a partir de las 10 de la noche y cuellos doloridos por el estrés, los verdaderos privilegiados son los que encuentran el equilibrio entre sus obligaciones y sus pasiones, entre el tiempo que dedican a sus deberes y el que saben que necesitan dedicarse.

La conquista de tiempo es un ejercicio de inteligencia y voluntad.