martes, 29 de junio de 2010

Algo más que un profesor

-“¿Quién ha visto el mar esta mañana?”-, preguntaba al comienzo de cada clase. Transcurridos unos segundos de silencio que nos dejaba de margen para responder, Andrés, nuestro profesor de Literatura, levantaba lentamente la mano, esbozaba una sonrisa y nos contaba si el mar estaba enfurecido o en calma, si su color se asemejaba más al azul turquesa del cielo o si, por el contrario, reflejaba el gris plomizo de las nubes cargadas de lluvia. Poco después, comenzaban unas clases intensas, repletas de explicaciones, lecturas y redacciones. -“No hagáis un comentario de texto al uso. Prefiero que imaginéis que tenéis que escribir una carta al autor. ¿Qué le diríais sobre los personajes? ¿Os gustó la trama principal? ¿Os habéis podido meter en la piel del protagonista en algún momento de la novela?”-. Contagiar entusiasmo y curiosidad por la lectura no es fácil, pero menos aún entre un grupo de adolescentes que sueñan con que se acabe la clase para salir con sus amigos. A pesar de todos los condicionantes -los ojos pegados en la clase de las 7:00, la falta de atención de los alumnos más rebeldes y los garabatos de corazones en las libretas de los que se acababan de enamorar-, Andrés conseguía despertar el interés y la imaginación de los alumnos.

De todos los profesores que he tenido a lo largo de mi vida, es a él a quien recuerdo con más respeto y cariño. Pasados los años, entiendo por qué no se limitaba a leer las explicaciones aburridas de los libros y se molestaba en preparar clases divertidas, llenas de referencias para los más ávidos de aprender. -“¿Habéis estado en China?-, preguntaba al hilo de una trama o un personaje oriental. -“Cuando vayáis, tomaos vuestro tiempo para recorrer un tramo de la Gran Muralla. El paisaje es realmente espectacular”-, indicaba mientras nos enseñaba una página de unos de sus múltiples álbumes de fotos, en los que cada instantánea iba acompañada de un comentario escrito con una caligrafía pequeña y delicada.

Sí, Andrés ha sido sin duda mi mejor profesor. Avivó mi deseo de aprender y mi pasión por la lectura y me alentó a superar la timidez de mis primeros textos. A medida que voy cumpliendo años, me doy cuenta de lo difícil que resulta cruzarse con personas interesantes, que puedan y estén en disposición no sólo de transmitir un conocimiento, sino de compartir su forma de ver el mundo. ¿Quién ha visto el mar esta mañana? ¿Quién se ha fijado en lo que tenía alrededor? ¿Quién ha sido capaz de ver un poco más allá y salir de su pequeño mundo de rutinas, personajes conocidos y situaciones predecibles?

lunes, 21 de junio de 2010

Pendientes de un hilo


El sábado pasado estaba haciendo unas compras en un centro comercial de bricolaje. Habíamos elegido los artículos que nos íbamos a llevar y nos aproximábamos a la línea de cajas cuando escuchamos un grito aterrado. -“¡¡AYUDA!!!-, imploraba una voz joven y desgarrada. -“Por favor, AYUDA”-. El eco de sus palabras impuso silencio en varios metros a la redonda y paralizó a las parejas que discutían por el estampado de las cortinas, a los hombres que pedían asesoramiento a los empleados para escoger los tornillos adecuados y los niños que reclamaban un refresco entre sollozos. Hay sonidos que delatan una urgencia extrema, una necesidad imperiosa de auxilio y protección.

Alarmados por el tono grave de la joven, varias personas salimos corriendo en su busca sorteando pasillos llenos de grifos, intentando localizar a la chica entre utensilios de baño, estores y edredones. En medio de un pasillo, la joven trataba de sujetar a su madre, que sufría un ataque de epilepsia. Instantes después, varios empleados de la tienda le ayudaban, una clienta que era doctora intervino con eficacia hasta el final de la crisis (milagrosamente siempre se encuentra un médico cuando se le necesita) y la señora se recuperó en pocos minutos, acostumbrada ya a las sacudidas violentas y totalmente imprevisibles de los ataques epilépticos.

La vida nos pone al borde del abismo cuando menos lo esperamos. Todos nuestros esfuerzos pueden verse truncados en sólo unos minutos, en medio de un episodio intrascendente y banal como una jornada de compras. Afortunadamente, siempre hay personas dispuestas a correr ante un grito de socorro y echar una mano en los momentos en los que la vida golpea a alguien con fuerza y necesita apoyo y atención. La enfermedad nos convierte en seres frágiles y vulnerables. Quizás por eso también consigue unirnos y sacar lo mejor de nosotros.

jueves, 10 de junio de 2010

Mochileros


Tienen dos familias y dos dormitorios que alternan cada fin de semana. Son viajeros prematuros y han aprendido a vivir desde pequeños con una mochila a la espalda. Los niños de padres divorciados son especialistas en sortear las trincheras y están entrenados para pasar de uno a otro bando llevando propuestas de armisticios, declaraciones de guerra incendiarias o peticiones imposibles y costosas con las que los adultos ponen un precio a la paz.

Hay situaciones que, por amor a los hijos y por propio sentido común, deberían estar superadas. Con frecuencia oímos a los padres quejarse de las artimañas de sus “ex”, de la falta de atención del otro progenitor o de la intromisión de las nuevas parejas en la vida de los niños. Mientras tanto, en el fondo de un escenario en los que los padres se sitúan como únicos y sufridores protagonistas, vemos a unos niños condenados a manejarse en la tensión, obligados a actuar como confidentes de las frustraciones de sus padres y siendo testigos de episodios que seguramente tardarán muchos años en olvidar.

Un divorcio puede ser angustioso para un adulto, pero lo es aún más para un menor. Algo está fallando cuando exigimos a los niños comportarse con un nivel de madurez, comprensión y flexibilidad que los propios padres no son capaces de poner en práctica. En la mochila de muchos pequeños hay una carga cruel e innecesaria.

jueves, 3 de junio de 2010

Heridas de guerra

-“Miren este mapa”-, nos indicó Anita, nuestra guía turística, a la entrada del centro histórico de Dubrovnik. -“Las marcas negras señalan los lugares que fueron alcanzados por las bombas durante la guerra hace diez años; las señales rojas, los sitios que fueron incendiados. Gran parte de los monumentos que vamos a ver a continuación han sido reconstruidos. Poco a poco nos vamos recuperando”.

La mirada de Anita tenía el mismo aspecto que la ciudad: luminosa en el fondo y herida en la superficie. Los edificios guardan memoria de las balas con orificios en la piedra. Las palabras de los supervivientes conservan trozos de metralla y zonas de sombra, retales de historias que necesitan ser reconstruidos con paciencia y voluntad de mirar sólo hacia delante. Dubrovnik es una ciudad que ha perdido, pero que lucha con todas sus fuerzas por recomponerse. Por eso es tan agradable pasear por sus calles y descubrir rincones llenos de plantas, flores, colores y alegría.

Dubrovnik es una ciudad hermosa con la piel arañada.