martes, 24 de agosto de 2010

Desde el banquillo

Las vacaciones han terminado de una forma totalmente imprevista: desde hace más de diez días tengo una bronquitis persistente que me ha privado de disfrutar de los últimos días de playa, de las salidas al anochecer y del ambiente festivo del agosto, con brindis entre amigos con bebidas bien frías, bailes hasta la madrugada y momentos de diversión dignos de comentarios memorables en los álbumes de fotos y los perfiles de Facebook.

La enfermedad me está obligando a contemplar el partido desde el banquillo, con un hilo escaso de voz y sin posibilidad de intervenir en el juego. Por eso sigo al pie de la letra las indicaciones de los médicos y voy a todas partes con mis frascos de jarabe, mi tableta de antibióticos, una botella de agua y un pañuelo anudado al cuello (una imagen extraña en el paisaje caluroso de Madrid).

Cada día no disfrutado es un trozo de vida imposible de recuperar en el tiempo. Espero que los medicamentos comiencen a surtir efecto. Quiero volver a jugar.

jueves, 12 de agosto de 2010

Iniciar el juego

-“¿Juegas conmigo?”-, me propone una voz dulce y desconocida. He perdido la cuenta del tiempo que llevo leyendo debajo de la sombrilla. El libro se acerca a la resolución de la trama y me he abstraído totalmente de los niños que juegan con sus pistolas de agua al borde de la piscina, de los padres que se saludan cuando llegan con las toallas, la crema protectora y el periódico debajo del brazo y de las madres que no paran de dar indicaciones a sus hijos: sal del agua, no te vayas a la parte profunda, no hagas ahogadillas a tu hermana, ven a comerte la fruta, mueve con fuerza las piernas cuando nadas, no salpiques tanto cuando saltes…

Levanto la vista y me encuentro a una niña morena que me sonríe y me tiende su mano derecha mientras sostiene un cubo de plástico rosa con la izquierda. Ahora sé lo que siente Shrek cuando mira a los ojos a su gato espadachín: hay miradas a las que es imposible resistirse.

-“Vale”-, acierto a decir. -“¿Cómo te llamas?”.

-“Marta”-, me informa la niña, que camina con paso decidido hasta la piscina. -“Y ésa de allí es mi hermana Silvia”-. Resulta fácil reconocer a su hermana no sólo por el parecido físico, sino porque llevan el mismo bañador celeste con rayas verdes. En ciertos estratos sociales, también hay uniformes “de hermano”: los pequeños tienen que ir vestidos de forma idéntica. Para algunos es un síntoma inequívoco de clase y distinción.

-“Hola, Silvia”-, saludo desde la escalerilla de la piscina. Poco tiempo después, me encuentro rodeada de niños que me animan a jugar con sus “churros” (es gracioso el nombre de este juguete, sabe a chocolate), a pasarles un balón de Nivea y llenar sus cubos de agua para que ellos llenen una piscinita de plástico, destinada a los más pequeños de la tropa. Conozco a Alberto y Jaime (también uniformados “de hermanos”), a la pequeña Jimena y a Jacobo, un niño de 12 años con aire de surfero que ya está levantando los primeros suspiros en la urbanización.

Termino un poco cansada de tanto trajín acuático, me tumbo un rato al sol para secarme y me despido de los pequeños, que me preguntan si mañana volveré a la piscina. De camino a casa, en el ascensor, me maravillo de la naturalidad con la que los niños hacen nuevas amistades, su facilidad de comunicación y de contacto. Jugueteando con las llaves de la puerta trato de acordarme de sus padres. De vista conozco a casi todos, pero sólo recuerdo dos nombres.