martes, 26 de octubre de 2010

Una luz más fuerte

Tiene una sonrisa generosa y resplandeciente, capaz de iluminar una calle entera. Sus ojos brillan con una luz especial, como si custodiaran un secreto inaccesible al resto de los mortales, una fórmula mágica para conservar la tranquilidad y el buen humor en cualquier circunstancia, en todo momento. Siempre.

Llega por la mañana temprano al rincón que ocupa desde hace años en Bravo Murillo, cerca de la salida del metro de Tetuán, enfrente de un semáforo donde cada día desfilan presurosas cientos de personas que van y vienen mirando los relojes, apremiando el paso de los niños que llevan de la mano o apurando los últimos instantes en los que el color rojo mantiene a raya a una larga hilera de coches.

El músico despliega su silla de playa y se sienta delante de una fachada llena de colores, letras y mensajes variados: promociones de un gimnasio especializado en culturismo, carteles de un cantante latino que anuncia un concierto en una sala cercana y mensajes de señoras serias y formales que se ofrecen para servicio doméstico y dejan su teléfono móvil en pequeños papelitos escritos a mano.

Después de orientar su silla hacia el sol, extrae el acordeón de su funda y lo acerca con suavidad hacia el pecho, como si lo estuviera abrazando. Hay gestos que dicen más de una persona que una larga conversación. Y el acordeonista es un hombre de gestos, que acompasa armoniosamente con cada nota. Su cuerpo se mueve de izquierda a derecha siguiendo el ritmo de apertura y cierre de su instrumento, un acordeón viejo, vivido, lleno de polvo, emociones e historias. De vez en cuando, su cabeza se agacha en señal de agradecimiento hacia algún transeúnte que deja una moneda en su caja de cartón o para saludar a algún rostro conocido que identifica entre una marea de gente que sube y baja las escaleras del metro.

Bravo Murillo no sería igual sin su acordeonista: forma parte del paisaje propio de la calle, como el escaparate repleto de pasteles del “Nebraska”, la lista de cupones del vendedor de la ONCE o los expositores de zapatos sobre las aceras. Su serenidad inmutable resiste el frío de noviembre, el bullicio de las compras de Navidad y las tardes solitarias de agosto, en las que el sol aplasta el ánimo de los pocos incautos que se atreven a salir.

En todas las calles de Madrid debería haber una sonrisa como la suya.

Hay personas que, sin saberlo, son un foco constante de luz.

jueves, 21 de octubre de 2010

Carrera de obstáculos

Seguro que en algún momento tú también has tenido la misma sensación: hay ocasiones en las que, por mucho que te esfuerces en conseguir un objetivo, todo parece ponerse en contra. Los imprevistos se multiplican, las puertas se cierran y el ánimo de los que están alrededor crea una atmósfera pesada, como si la sola idea de seguir adelante agotara de antemano todas las reservas de energía. En esos momentos, en los que todavía intentas que la situación se pueda resolver, te sientes como un corredor que no para de saltar obstáculos que se agrandan y se reproducen a medida que te acercas a la meta.

Un cliente que no para de poner objeciones a un contrato; una cena familiar en la que los reproches van de un lado a otro de la mesa como la bola de una partida de ping-pong; un viaje en el que la lluvia o la torpeza de un tour operador boicotea un fin de semana de vacaciones… Las carreras de obstáculos son difíciles y desalentadoras. Por eso conviene recordar que nadie nos impide hacer un alto en el camino, buscar un poco de ayuda y mirar la situación con distancia y sentido del humor. No estamos sujetos a un cronómetro y, en ocasiones, hay más de una calle en el circuito para llegar a la línea de meta. Las consecuencias no tienen que ser tan desastrosas como prevemos, ni los resultados tan decisivos. Los corredores expertos lo saben: los obstáculos se hacen más grandes cuando les das demasiada importancia.

martes, 12 de octubre de 2010

Yo invito a esta ronda

“No tengo dinero para hacer muchos planes. Estoy en paro”. Hacía tiempo que no escuchaba esta frase, quizás desde mis años de Universidad, donde muchos compañeros tenían que dividir su tiempo entre las horas de clases y las que pasaban cuidando a algún niño o sirviendo copas en un bar los fines de semana para poder afrontar sus gastos. Entonces el dinero servía para amortizar la matrícula, comprar cigarrillos o planificar una pequeña escapada. La misma frase pronunciada años después hunde los hombros de quien la pronuncia con el peso de la hipoteca, la guardería y la letra del coche familiar.

La crisis es una mancha resbaladiza: te hace tambalear y te impide recuperar el paso durante un tiempo. Por eso los desempleados y los mileuristas -que integran la categoría siguiente en el mundo de la precariedad laboral- soportan una carga tan pesada: a la preocupación por cumplir con sus pagos se suma la impotencia de saberse fuera del sistema, en una situación donde no hay lugar para planes a simple vista tan insignificantes como salir a cenar con los amigos o pasar un fin de semana en una casa rural. El sistema no entiende de recortes de plantilla, ni de proyectos aplazados en la agenda inestable de los autónomos. Estás dentro y ganas dinero o estás fuera y te las tienes que ingeniar como sea para salir adelante. No hay fórmulas intermedias. La falta de recursos es uno de los principales motivos de exclusión en nuestro mundo moderno y productivo.

En estos momentos de incertidumbre, la amistad es una fuente poderosa de energía para salir del bache. ¿No hay dinero para unas tapas por el centro? Pues abramos la puerta de nuestra casa para recibir a los amigos con una comida sencilla y una buena sobremesa. Renunciemos a los planes caros, pero no al placer de estar en compañía de quienes nos quieren y saben cómo somos y cuánto valemos independientemente de nuestra situación laboral.

La fortuna es caprichosa: unas veces nos eleva y otras nos hace descender a los infiernos. Por eso hay que sujetar con fuerza las manos de quienes resbalan: la solidaridad es el bálsamo más efectivo para superar los malos momentos. Ahora ha llegado el turno de quienes estamos trabajando. Ésta es nuestra oportunidad para pronunciar esa frase tan sociable y generosa que hemos escuchado decenas de veces en las películas: “Yo invito a esta ronda”.