miércoles, 29 de diciembre de 2010

Regreso

Regreso a Madrid. AVE que no vuela, pero casi. Todo pasa demasiado deprisa: los días de fiesta, las horas, el paisaje... La lluvia golpea con fuerza las ventanillas del tren.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Nochebuena

Estación de Atocha, tarde de Nochebuena. Maleta cargada de regalos. Villancicos por megafonía, viajeros con gorros de Papá Noel, sonrisas, buen rollo, llamadas de quienes me esperan... Vuelvo a casa.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Solidaridad entre mujeres

En el mundo hay personas excepcionales. Al menos eso han debido pensar las enfermas de cáncer del hospital Saint Joseph de Marsella cuando han visto llegar al equipo de voluntarias de la fundación Mimi. A simple vista no hay nada que las distinga como seres especiales, pero al entrar en contacto con ellas empieza la magia: reparten ilusión entre las pacientes y les hacen olvidar por unos instantes los rigores de sus tratamientos y la dureza de su situación. Las voluntarias trabajan con entusiasmo y eficacia. Con el masaje inicial dibujan una sonrisa placentera en el rostro de las enfermas y con una mirada escrutadora identifican sus atractivos, abren sus estuches de maquillaje y se adentran de lleno en su misión: embellecer a unas mujeres que están luchando con todas sus fuerzas por recobrar la salud y están sintiendo en sus cuerpos los estragos de la batalla.


Las bases de maquillaje y los pinceles cargados de color devuelven el brillo a sus pieles; las pelucas ocupan el sitio de los pañuelos y resaltan el óvalo de sus caras; las cremas antiojeras disimulan la falta de sueño y los lápices de ojos y el rímel agrandan unas miradas de mujeres valientes y decididas, heroínas ejemplares en una guerra con momentos tremendos de soledad.


Con frecuencia se habla de la rivalidad entre mujeres; de las estratagemas retorcidas de nueras, suegras y cuñadas; de los comentarios maliciosos de supuestas amigas o de las zancadillas profesionales de colegas inseguras y ambiciosas. De la solidaridad entre mujeres se habla poco. Se da por supuesto que una abuela cuide con paciencia de sus nietos mientras su hija descansa, que una vecina prepare la comida durante la enfermedad de la inquilina del piso de enfrente o que una voluntaria dedique la mañana del sábado a maquillar a una absoluta desconocida en la habitación de un hospital. Pero son esas mujeres las que consiguen multiplicar las fuerzas de otras, las que sacan lo mejor de quienes las rodean y las que hacen que el mundo sea un lugar mejor gracias a su entrega y su generosidad. Admiro la sensibilidad de estas personas: son mucho más importantes y necesarias de lo que puedan llegar a creer.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Zona protegida

Uno de mis momentos preferidos del día es el anochecer, cuando regreso del trabajo y traspaso el umbral de mi casa. Fuera se quedan el frío, los atascos y las colas en las cajas de los supermercados. La puerta es un paso fronterizo: permite la entrada a quienes queremos y bloquea la entrada a visitas indeseadas. La visión de la casa recién iluminada y el sonido de la puerta que se cierra tienen un efecto tranquilizador. Empieza la parte más valiosa de nuestro tiempo, la que podemos dedicar a lo que más nos gusta y a quienes más nos importan.

Hay pocos lugares tan plácidos para el descanso como nuestro sofá; sitios tan apetecibles para comer como nuestra cocina y cafés tan en su punto de crema y cafeína como el que prepara nuestra cafetera; no hay mejor espacio para ver un partido de fútbol como nuestro salón y rincones tan íntimos y conocidos como el de nuestro dormitorio (por no hablar de los baños, tan anhelados cuando estamos varios días de viaje y no terminamos de acostumbrarnos al uso de los ajenos).

Desde hace algún tiempo, me he vuelto más casera si cabe: prefiero preparar la cena para mis amigos que quedar en algún restaurante o escribir en mi despacho que en la mesa de una cafetería (aunque no dejo de apreciar las ventajas de abrir la tapa del portátil en un local tranquilo, con música agradable y una buena selección de aperitivos).

A pesar de ser una viajera infatigable y estar siempre dispuesta a la aventura, no dejo de reconocer que mi casa es uno de mis lugares preferidos en el mundo. El sitio que alberga los objetos que me hacen la vida más agradable. Mi refugio personal de brazos abiertos, donde sé que me quieren y mi esperan. Cuando abro la puerta de mi casa se acaban las tensiones: estoy en zona protegida.