domingo, 29 de mayo de 2011

Quiera Dios. Quiera yo...

“¡Ojalá me pase algún día!”, escucho después de un largo suspiro. Unas vacaciones románticas, un nuevo trabajo con mejores condiciones, una pareja que funcione, una casa más confortable y espaciosa, un nuevo miembro en la familia, un círculo de amigos amplio y enriquecedor… Ojalá me pase y un suspiro. Segundos de silencio. Mirada furtiva hacia el suelo. Las palabras, para quien sabe oírlas y sopesarlas, continúan hablando de nosotros aún cuando hayamos dado un asunto por concluido. Ojalá (palabra de origen árabe que literalmente significa “Si Dios quisiera”). Si Dios quisiera. O la suerte. O la maldita casualidad… Suspiro. Aunque parece tan improbable…

Las palabras son indiscretas, sí. Reflejan de un modo preciso el esquema mental que estamos empleando y las emociones que nos suscitan. No importa los años que hayamos cumplido: todavía esperamos que salga el genio de la lámpara y cambie de un golpe la parte más difícil de nuestras vidas. A veces no es tan complicado encontrar la forma de hacer realidad nuestros sueños: las opciones no están tan lejos de nosotros, pero para acceder a ellas hay que cambiar nuestros enfoques. Por supuesto que hay componentes que influyen sobre nosotros y se escapan de nuestra voluntad para actuar sobre ellos, pero también existe un margen amplio de conquista personal.

Pasará, si Dios quiere. Y tú, ¿quieres que pase? Y si es así, ¿qué estás haciendo para conseguirlo?

domingo, 8 de mayo de 2011

Simplificar = ganar calidad de vida

No tenía la misma sensación desde Navidad, cuando la búsqueda de regalos se convirtió en una maratón por los centros comerciales durante los días previos a las fiestas. Algo parecido me pasó el Sábado Santo: quería encontrar un obsequio especial para una prima que hacía la comunión y, aunque había visto en la primera tienda un regalo que me parecía apropiado, me recorrí todo las tiendas del centro con la esperanza de localizar un objeto que le hiciera realmente ilusión. Después de casi tres horas dando vueltas, de preguntas a dependientes y apertura y cierre de paraguas cada vez que salía o entraba de un establecimiento, volví al punto de partida y me decanté por la opción inicial que había visto. De camino a casa, cansada y un poco decepcionada, me preguntaba si realmente habría acertado con mi elección.

Llegó el sábado de la comunión y el día fue emocionante para todos. Ella estaba radiante con su vestido blanco y contagiaba alegría en cada momento: cuando saludaba a la familia, en los juegos que compartía con los otros niños, cada vez que quitaba el envoltorio y descubría un nuevo regalo… Vivía cada momento intensamente, como si estuviera en un parque temático y no parara de divertirse y sorprenderse con cada atracción. Todo lo que pasó ese día fue especial para ella, desde lo más sencillo hasta lo más sofisticado. Los niños tienen esa capacidad: disfrutan al máximo con lo que tienen a su alcance y no ponen tantos condicionantes a la ilusión y la felicidad como hacemos los adultos.

Por eso quizás al final de la tarde terminaron jugando y riéndose a carcajada limpia con unos globos, aunque en una esquina de la sala se amontonaban decenas de regalos. Lo importante era pasarlo bien y compartirlo con quienes estaban alrededor y los globos servían perfectamente para eso. Hasta cierta edad, simplificamos la vida de forma natural y totalmente espontánea. Transcurridos unos años, adquirimos una habilidad asombrosa para complicarla y ponernos obstáculos inútiles en el camino. Simplificar es ganar calidad de vida en tiempo y energía para disfrutar de los momentos que realmente merecen la pena.