domingo, 26 de junio de 2011

Solsticio de verano

El verano ha llegado con la sombrilla cargada al hombro, el hielo rebosando en el congelador y la sintonía machacona de unos grandes almacenes que promocionan sus ofertas de viajes -“El ve-ra-ni-to, el ve-ra-ni-to…”- con los acordes de un tema popularizado por un personaje mítico de las vacaciones: Georgie Dann. La imagen inconfundible del cantante -con su pelo negro, su camisa hawaiana y sus coreografías repetidas en verbenas- forma parte del paisaje del verano y se asocia a otros personajes habituales de las playas: el chico de color que ofrece caftanes a 6 euros; el padre que no soporta el calor y espera a su familia tomando cervezas en el chiringuito; la chica explosiva que sale a cámara lenta del mar consciente de ser el centro de todas las miradas; la señora con pamela que da instrucciones por teléfono a su asistenta; los niños que construyen castillos; la matriarca de un clan cargada de bocadillos, tortillas y sandía; los adolescentes que ríen en grupo, las abuelas que se mojan los pies en la orilla, los amigos que juegan a las palas…

Por encima de todos ellos, sobre un fondo azul en el que cada hora cruza una avioneta con pancarta publicitaria, el verdadero protagonista del verano: el sol, que con una fuerza abrasadora se empeña en subir los grados, calentar los termómetros y dejarnos solo algunas horas de tregua. Por eso, quizás, la noche es el momento más apetecible del verano: el olor pegajoso del bronceador deja paso a la fragancia ligera del jazmín, las familias prolongan la sobremesa de la cena charlando en las terrazas y el sueño termina por atraparnos con el sonido monocorde de las cigarras. La ciudad duerme con pijamas ligeros, las ventanas abiertas y aparatos antimosquitos cerca de las mesillas. El verano es calor y descanso, aspas de ventilador que no dejan de girar, un perro que ladra en la noche, botellas de agua que entran y salen del frigorífico… Y sí. También una canción pegadiza y hortera que suena a todas horas en las emisoras. “El ve-ra-ni-to, el ve-ra-ni-to….”.

lunes, 13 de junio de 2011

Mujer gitana sobre fondo gris

Su presencia resultaba extraña en el escenario moderno y experimental de Matadero: una mujer gitana de mediana edad, de figura oronda y pelo negrísimo como su falda y su camisa de lentejuelas, permanecía en silencio sobre las tablas mientras el bailaor ejecutaba coreografías impredecibles. El espectáculo prometía fusión de flamenco y danza contemporánea: en ciertos momentos sorprendía y en muchos otros desconcertaba. Demasiado esfuerzo por resultar original. Demasiadas piruetas, demasiadas situaciones absurdas. Ninguna historia. Demasiado frío.

Afortunadamente, cuando el público ya comenzaba a impacientarse, un foco de luz iluminó a la cantaora, que sin ningún acompañamiento musical, completamente desarmada, llenó su pecho de aire, cerró los ojos y comenzó su actuación sobre el escenario. Su voz salía con fuerza y se extendía por el auditorio como una sábana invisible, cálida y envolvente. Cantaba al desamor con profundidad y fuerza, con una sinceridad descarnada, rota y dolorida. “Nuestro amor, qué poquito nos ha ‘durao”, se lamentaba. Acompañaba su cante con pequeños golpes acompasados sobre una mesa de madera. Su mano gruesa -abierta como un abanico, acostumbrada a trajinar con ollas en las que hacer pucheros, acunar a niños y cuidar a enfermos- su mano gruesa de matriarca madura y experimentada caía sobre la mesa rotunda, desconsolada.

“Qué poquito nos ha ‘durao’. El amor. Qué poquito nos ha ‘durao”. Cantaba sin artificios, sin imposturas, como hubiera cantado en su casa o en una fiesta con amigos. Desde dentro y con comodidad, haciendo lo que sabía, como lo venía ensayando y puliendo desde hacía años. Ambos artistas eran buenos, pero había una gran diferencia entre ellos: uno buscaba impresionar, acaparar la atención de los críticos y distinguirse a toda costa, mientras que la otra, sin embargo, se esforzaba únicamente en proyectar sus sentimientos y la fuerza de esa intención creaba una química especial con el público que la convertía en la verdadera protagonista del espectáculo.

Los espectadores de una obra valoran la técnica, pero por encima de todo buscan emociones. El juicio de los otros puede ser una referencia para el artista, pero nunca un objetivo. Quien aspira al elogio y al reconocimiento corre el peligro de perderse: la autenticidad y el ego transitan por caminos diferentes.

domingo, 5 de junio de 2011

Tormenta

Tormenta: cortinas de agua, calles desiertas, pies que saltan sobre los charcos.

Siesta

Siesta: cuerpo en una tumbona mecido por su propio peso, reloj detenido, descanso apacible. Relax.

Infancia

Infancia: letras recién aprendidas sobre un cuaderno, cuentos que preceden a la hora de dormir. Derecho a equivocarse. Deber de aprender. Todavía.