miércoles, 27 de julio de 2011

Amor bajo sospecha

Las diferencias parecen enemigas del amor. En el cliché de pareja ideal que todos hemos asumido hay semejanzas en el grado de atractivo, nivel socioeconómico, estado civil, cultura, religión, raza y edad. La fuerza de este estereotipo es tan aplastante que cae como una losa sobre las parejas donde hay algún tipo de desigualdad. Lo distinto parece sospechoso y la sociedad, los amigos y el entorno más inmediato se encargan de recordarlo cada cierto tiempo con comentarios repletos de temores y prejuicios: el divorciado ha fracasado en su anterior relación y ha “cazado” al soltero, que podría encontrar a alguien sin un pasado difícil a sus espaldas; el joven está con alguien mayor por su dinero o porque le recuerda a una figura paterna y la única motivación del mayor es el sexo; el negro ha dado un salto social uniéndose al blanco, pero le abandonará en cuanto haya alcanzado un cierto estatus, porque le “tira” la gente de su raza; el universitario acabará aburriéndose de un compañero sin estudios, porque no podrán compartir intereses comunes y no encajarán en sus respectivos círculos de amigos; el musulmán acabará imponiendo su religión y, si hay un divorcio, tratará de quedarse con la custodia de los hijos e incluso podría volver a su país de origen…

Los prejuicios son demoledores: presuponen intenciones, predicen comportamientos e inoculan dudas en las parejas.  Dictan sentencia y rompen demasiadas ilusiones. Los prejuicios -no las diferencias- sí son enemigos para el amor. Las diferencias requieren mayor flexibilidad por ambas partes, pero no son obstáculos insalvables. Las estadísticas no funcionan para las relaciones: lo que le sirve a una es inútil para otra. Lo verdaderamente peligroso para una pareja no es la desigualdad en alguna faceta, sino la ausencia de sentimientos y de generosidad para procurar la felicidad del otro. En el amor no hay garantías ni seguros: hay que arriesgarse a vivirlo.

domingo, 10 de julio de 2011

En carne viva

Visitar una exposición retrospectiva de un artista es como sostener entre las manos un álbum completo de su vida que incluye fotografías, anotaciones, bocetos, tachaduras, recortes… Las obras que hay dentro de la sala hablan de su búsqueda y sus respuestas, de su forma de ver el mundo y traducirlo a un lenguaje íntimo y particular. Ésta fue la sensación que tuve este fin de semana al visitar la exposición de Yayoi Kusama en el Museo Reina Sofía: la de adentrarme en un viaje acelerado por la vida de esta artista japonesa que no ha parado de lanzar mensajes al mundo desde que era muy joven hasta nuestros días, en los que sigue creando pinturas y esculturas en el hospital donde reside.

La evolución de su obra deja al descubierto sus circunstancias, sus hallazgos, sus huellas en el camino: la ingenuidad de los primeros años; las obsesiones de su etapa neoyorkina, en la que transformaba objetos cotidianos con elementos que representaban sus miedos y que repetía hasta la extenuación; la nostalgia de la mujer oriental que se sabía extranjera en Occidente y reunía en sus collages cientos de pegatinas de correo postal; la crítica a una sociedad rígida y burguesa con cientos de puntos de colores que invadían muebles, mesas y sillas; el mundo divertido y naif que creaba en sus instalaciones de cristal, luces y agua; el colorido y la fuerza de su fase de madurez, con pinturas que atrapaban al espectador con el magnetismo de las vallas publicitarias al borde de la carretera…

Kusama crea un universo complejo y expansivo, en constante evolución. Su obra puede gustar más o menos, pero es difícil que deje a alguien indiferente: en ella se reconoce la sinceridad del verdadero artista, de quien decide mostrarse y compartir hasta las últimas consecuencias, con toda su vulnerabilidad. En carne viva.