domingo, 20 de noviembre de 2011

Más de lo que esperaba

Había coincidido varias veces con ella en el gimnasio y la había visto explicar los movimientos de una clase de aquagym al borde de la piscina, distribuir juguetes de plástico a los niños que jugaban con sus padres dentro del agua y colocar una banda de corcho azul cuando necesitaba delimitar una zona de trabajo cinco minutos antes de empezar una nueva sesión. La había visto desenvolverse con soltura y eficacia en tareas sencillas, pero hasta hoy no he sido consciente del alcance de su trabajo como monitora.

Sucedió a última hora de la mañana, cuando hay menos afluencia de socios en el gimnasio. La línea azul dejaba media piscina para nado libre y reservaba la otra mitad para una actividad no especificada en el cuadrante de horarios. A los pocos minutos, la monitora ayudaba a un señor mayor a introducir a una chica paralítica en el agua, una joven bañista de ojos enormes que no paró de disfrutar desde que comenzó su hora de clase. Ayudada por su monitora, la chica se dejaba desplazar con suavidad. La expresión de su cara -distendida y sonriente, con los ojos ligeramente entornados-, dejaba traslucir una sensación de alegría y abandono, como si el agua la liberara de un peso rígido y pesado y le permitiera flotar durante esos minutos en un mundo más fácil y accesible, un mundo ligero, reconfortante, casi mágico.

Desde la otra mitad de la piscina, donde yo me encontraba, veía que el esfuerzo y la dedicación de la monitora eran correspondidos por las sonoras carcajadas de la joven, que expresaba con franqueza su bienestar. Me conmovió la complicidad y el incesante intercambio de emociones entre ambas: una enviaba cariño y atenciones y la otra las devolvía en forma de reconocimiento y gratitud. Existen personas capaces de conectarnos rápidamente con la parte más luminosa y humana que hay dentro de nosotros. No me cabe duda que esta mañana he estado junto a dos de ellas.

martes, 1 de noviembre de 2011

Castañas asadas

El otoño llega de un día para otro: no importa lo que diga el calendario, ni los anuncios de temporada de los grandes almacenes. El otoño comienza en las esquinas donde se instalan los puestos de castañas asadas y una señora mayor mueve con destreza una olla sobre un brasero ardiente. “¡¡¡Castañaaaaaaaas, castañas calentitas!!”. El pregón de los castañeros, repetido con las mismas palabras año tras año, sobrevive al paisaje cambiante de las ciudades y a las idas y venidas de sus vecinos. -“Te pongo dos de regalo”-, anuncian con una sonrisa mientras cierran un cartucho de papel y devuelven el cambio con unos dedos ennegrecidos por el carbón.

 He comido castañas en todos los otoños que soy capaz de recordar: en la niñez, en la adolescencia y en la juventud que pienso seguir estirando hasta que el tiempo y el espejo lo permitan. La memoria tiene almacenada un fichero enorme de imágenes y, entre las mías, hay varios cartuchos deshechos con impaciencia para saborear unas castañas recién retiradas del fuego.

 Un año más, un otoño más y el mismo sabor de siempre. Otra vez hay puestos de chapa emitiendo señales de humo entre edificios de hormigón.