lunes, 12 de noviembre de 2012

Tiempos difíciles

Con fuerza y en plena cara. Un golpe contundente y a cámara lenta, como en los planos más emotivos de las películas donde la suerte del protagonista se dirime sobre un ring de boxeo, en un asalto que le pilla desprevenido, con la guardia baja y sin tiempo de reaccionar. Al suelo y K.O. Sonido de campana y fin de la partida. Demasiado fuerte. Demasiado directo. Un golpe demoledor.

 Leo las últimas noticias y veo entre líneas esas caras golpeadas: desempleados, propietarios a punto de sufrir un desahucio, personas que se enfrentan a una pérdida dolorosa… Caras que acaban de recibir un golpe y tratan de mirar a los lados para ver a dónde pueden agarrarse y volver a ponerse en pie.

 No siempre experimentamos lo que merecemos: hay etapas muy duras, donde los obstáculos se empeñan en hacernos el camino especialmente complicado. La vida da y quita. Cuando menos lo esperas, en lo que menos esperas. La ruleta de la Fortuna gira de la misma forma caprichosa para todos: hoy es el vecino y mañana podemos ser nosotros los que estemos en dificultades.

Siempre he pensado que el mejor bálsamo para un golpe es una mano extendida. Los malos momentos solo pueden superarse en compañía y con la ayuda de otros: la soledad debilita a quien la padece y tiñe la visión de gris. Después de recibir un golpe hay que buscar el impulso de quienes nos quieren y están dispuestos a acudir en nuestra ayuda. Cuando la tormenta arrecia, hay que cogerse fuerte de las manos.

lunes, 25 de junio de 2012

Escrito en el respaldo de un sillón de autobús

Siempre me ha llamado la atención las palabras e inscripciones escritas furtivamente en los bancos de las plazas, en los troncos de los árboles y en lugares insospechados de ciertos espacios públicos. Dejando a un lado los mensajes-protesta o los que hacen alarde de la potencialidad de ciertas partes del cuerpo (con números de teléfono móvil incluidos, un clásico de las puertas de los aseos públicos), me resulta curioso descubrir la fuerza que desprenden las palabras escritas a corazón abierto, en un momento de pasión y vulnerabilidad.

Me pasó hace unos días cuando viajaba en un autobús público de Palermo. Nos dirigíamos hacia el Palacio Real, un edificio que alberga una de las joyas mejor custodiadas de la ciudad: la capilla Palatina. Mientras observaba las fachadas de las iglesias, los escaparates de las tiendas y las entradas angostas de las calles que íbamos dejando atrás, me tropecé con esta frase escrita en uno de los sillones del autobús: “La mia felicità dipende da te” (“Mi felicidad depende de ti”). Imaginé al posible autor de la frase y me solidaricé con su grito completamente entregado, síntoma inequívoco de un incipiente primer amor, con su oleaje violento de sentimientos y deseos.

Dice un proverbio árabe que hay tres cosas imposibles de esconder: el dinero, el amor y un hombre montado en un camello. El amor delata a quien lo siente. El brillo en la mirada, la sonrisa permanente en el rostro o la frase escrita en el sillón de un autobús. El amor habla por sí solo. Deberíamos escucharle con más frecuencia.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Películas que dejan una sonrisa

“Al final todo sale bien. Y si no sale bien, es que entonces no era el final”. Intuyo que una gran parte de los espectadores de la película “Exótico Hotel Marigold” recordaban esta frase cuando terminó la proyección de la película, se encendieron las luces de la sala y se dirigieron sonrientes hacia la salida mientras sus siluetas recortaban los títulos de crédito de la pantalla. Esta frase, repetida en varias ocasiones a lo largo del largometraje, no era sólo el lema vital de uno de los personajes principales (interpretado por Dev Patel, protagonista de “Slumdog Millionaire”), sino el hilo conductor de todas las tramas.

 “Al final todo sale bien” es una frase que solemos decir cuando el inicio o el desarrollo de un proyecto nos está resultando incómodo o nos está creando problemas inesperados. Las dos primeras palabras, “Al final”, nos hacen intuir la luz en la desembocadura de un túnel, un brote de esperanza que se divisa desde un punto de oscuridad. Y eso es precisamente lo que le ocurre a los personajes centrales de “Exótico Hotel Marigold”, un grupo de jubilados que viaja a la India con la expectativa de un reposo confortable y sosegado y se topa de bruces con una situación incómoda y decadente: el hotel donde planeaban pasar su retiro es un establecimiento casi en ruinas regentado por un joven cuya ilusión por sacarlo adelante es igualmente proporcional a su inexperiencia y su falta de recursos.

A este inconveniente inicial, se suman los conflictos personales que cada uno tiene que intentar resolver: decidir acabar con una relación agotada; encontrar un trabajo a la edad en que todos se jubilan; saldar una deuda del pasado; buscar una compañía con la que pasar el resto de sus días; romper con prejuicios raciales, aprender a gestionar un negocio... Y aquí es donde surge otra reflexión interesante que plantea la película: hasta qué punto cambiar radicalmente de ambiente nos hace ver la realidad de otra forma y nos empuja a tomar decisiones que en un entorno cotidiano y seguro nunca hubiéramos adoptado. El caos y la espontaneidad de la India y las experiencias de sus compañeros les llevan a descubrir nuevas posibilidades y a cruzar puertas que en otras circunstancias no se hubieran atrevido a abrir.

 “Al final todo sale bien. Y si no sale bien, es que entonces no era el final”. En esta época de dificultades, el Arte en sus distintas manifestaciones es más necesario que nunca. Necesitamos despegarnos de lo cotidiano, descubrir nuevos horizontes, sentir otras sensaciones y, sobre todo, llegar a la misma conclusión que los protagonistas del “Exótico Hotel Marigold”: por pequeña y lejana que sea, existe una luz al final del túnel.

lunes, 26 de marzo de 2012

Con permiso de Chavela

Me tropecé con el tweet de Chavela Vargas el sábado por la noche, mientras leía con rapidez mensajes de 140 caracteres que hablaban de propuestas de ocio para el fin de semana, de la inminencia de las elecciones en Andalucía y Asturias y del estado de ánimo de los usuarios, que bromeaban distendidamente sobre todo tipo de asuntos. Chavela, desde su  perfil sonriente en sepia, con camisa blanca y pañuelo rojo anudado al cuello, ponía voz profunda y sonido de guitarra a través de un único mensaje. Tan sólo un artista puede decir mucho con muy pocas palabras. -“El amor es un paso. El adiós es otro…y ambos deben ser firmes, nada es para siempre en la vida”-, comentaba en su tweet.

Amar y despedirse. Vivir intensamente con alguien y morir para alguien. Nacer, morir y renacer. Tiene razón Chavela. Nada es para siempre o, al menos, nada es para siempre de la misma forma. Todo cambia. Todos cambiamos. Pero me resisto a recrearme en la melancolía. Hay algo que siempre perdura: los buenos recuerdos, las huellas imborrables de esos amores y de esas experiencias que se perdieron o, simplemente, se transformaron en otra cosa. Los recuerdos están ahí, en algún lugar secreto de nuestra memoria, esperando una señal que les traiga a la superficie: una canción, la página doblada de un libro, el bolígrafo sin tinta de un hotel o la fotografía que suprimimos de un álbum y años después aparece en el fondo de un cajón porque en su momento, a pesar del desamor o la decepción, nos resistimos a deshacernos de ella.

domingo, 4 de marzo de 2012

La fuerza de una imagen

Enseñó al mundo las caras tiznadas de carbón de los niños mineros, las miradas inseguras de los inmigrantes polacos que llegaban a Ellis Island con maletas atadas con cuerdas y las hileras de ropa tendidas al sol de los barrios desfavorecidos de Manhattan a principios del siglo XX. Sus imágenes suenan a sirenas de barco, a palabras pronunciadas en un inglés con acento extranjero, a máquinas accionadas por niños que no tienen más remedio que trabajar. En las fotografías de Lewis Hine hay páginas llenas de historias, ambientes cargados de sensaciones, sabores, olores. Ruido. Inquietud. Conciencia de que los episodios que rescata no deberían haber pasado nunca, conciencia y denuncia del sufrimiento ajeno.

El poder del artista es tremendo: su mano invisible atrapa al espectador y le introduce en el escenario de cada fotografía. ¿Cómo empezarías una nueva vida en otro país con poco dinero y sin conocer el idioma? ¿Qué sentirías al ver a tu hijo descalzo vendiendo periódicos por la calle? ¿Cómo soportarías el frío de un invierno en Nueva York en un cuarto sin calefacción y las paredes desconchadas por la humedad? La fuerza extraordinaria del arte es su capacidad para generar sentimientos y preguntas en los espectadores, un doble objetivo que se cumple en la colección de fotografías de Lewis Hine que la Fundación Mapfre expone hasta el próximo 29 de abril. Si no tienes oportunidad de visitar la muestra, te sugiero que busques sus obras en Internet. Sus fotos son retazos de historias vibrantes y extraordinariamente humanas.