jueves, 22 de agosto de 2013

Y llegó Valeria


Hay momentos que cambian nuestra vida para siempre. Instantes en los que nos sentimos impulsados con fuerza hacia delante y transformamos nuestra forma de ver y estar en el mundo, como si entrásemos de repente en un territorio más amplio, con más sensaciones y significados. Segundos de una lucidez extrema para identificar que estamos viviendo una experiencia única, que quedará grabada para siempre en nuestro corazón y nuestra memoria. Esa fue lo que ocurrió el 12 de mayo de 2013. El día en que tú llegaste al mundo, Valeria. El mismo día en el que yo volví a nacer.

Tu venida empezó a presagiarse temprano esa mañana de domingo, cuando los quioscos vendían los primeros periódicos y las cafeterías sacaban su primera hornada de churros. Las enfermeras me recomendaron pasear un poco por el pasillo del hospital, que fui recorriendo arriba y abajo mientras el dolor se hacía cada vez más intenso y yo trataba de entretenerme observando a la gente que entraba alegremente en las habitaciones llevando ramos de flores a las madres y cestos con osos de peluches (azules o rosas) a los bebés. Puesto de enfermería, seis habitaciones, sillas para amortiguar la espera, ventanales amplios por donde entraba la luz generosa del jardín… Memoricé con precisión el itinerario hasta que las enfermeras cambiaron mi recorrido: había llegado el momento de bajar a la sala de partos.

La primera sensación que tuve al entrar en la sala fue un frío inmenso. -“Tengo mucho frío, ¿podría traerme una sábana, por favor?”-, pregunté a la matrona-sargento que me atendió en el parto.

-“Aquí no importa si tienes frío. Lo único que importa es que empujes”-, me dijo con tono áspero. Si la matrona-sargento hubiera nacido en Cincinnati en vez de en Madrid hubiera ido uniformada con camisa blanca y gafas de aviador y se dedicaría a convertir a jóvenes blandengues en aguerridos marines a base de tandas centenarias de flexiones y abdominales. El destino, sin embargo, la colocó en un hospital madrileño, donde se había aplicado en vociferar sus instrucciones a madres que debían de parecerles absolutamente pusilánimes. -“¡¡¡¡Que empujes más fuerte!!!!”-, gritaba mientras se disponía a lanzarse con el codo sobre mi vientre con la misma fuerza de un luchador de sumo sobre el tatami. -“Así no hay manera”-, se lamentaba mientras yo empujaba con todas mis fuerzas.

-“Venga, que lo estás haciendo muy bien”-, comentaba la doctora para compensar la antipatía de su ayudante. -“Ánimo, campeona”-, decía papá consciente de las dificultades. A lo largo de la vida te encontrarás con muchas personas así: unas serán insensibles a tu sufrimiento y sólo les preocupará conseguir el objetivo que les relaciona contigo; otras, sin embargo, te acompañarán en los momentos más delicados y te ofrecerán su ayuda y comprensión.

El parto es como un túnel largo y oscuro que se atraviesa a tientas, a base de dolores que conducen con pasos dificultosos hasta la luz. En esa larga carrera de fondo estaban papá, la doctora, la matrona-sargento, el anestesista… Pero fundamentalmente estábamos tú y yo haciendo un esfuerzo tremendo para que pudieras salir al mundo. Cuando por fin te tuve en mis brazos, nada de lo que estaba sucediendo alredor me importaba. Ni la escueta despedida de la matrona-sargento, que salió rauda y veloz hacia el comedor, ni los puntos de sutura que realizaba la doctora, ni los movimientos rápidos del personal por el quirófano. Tan sólo quería que se te pasara el disgusto que te hacía llorar tan fuerte y poder recrearme en descubrir cómo era tu rostro después de tantos meses de haberlo imaginado. De camino a la habitación, donde nos esperaba emocionada e impaciente la abuela Carmina, supe que mi vida había cambiado para siempre. Subida en la camilla contigo en brazos, atravesé feliz los pasillos del hospital con la convicción de que había nacido de nuevo ese domingo de mayo. Había sucedido algo maravilloso. Mi niña Valeria había llegado al mundo. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Escultura entre los árboles


Los huecos entre los árboles son grandes mirillas para divisar el paisaje oculto detrás de las ramas. Las formas se intuyen y se confunden, obligando al espectador a fijar su atención más allá de primeros planos cerrados, casi herméticos. Paseando por el parque, me pareció que esta escultura se alzaba como un árbol más: silenciosa, resistente al frío y a la lluvia, rompiendo el horizonte como una lanza blanca.

Gotas de lluvia sobre las hojas


La Naturaleza siempre deja sus huellas: arena removida después de un vendaval; capas de escarcha blanca durante un día de nieve; o gotas de lluvia sobre las hojas tras el final de una tormenta. Tomé esta instantánea a finales de abril, cuando la primavera se empeñaba en esconderse en las varillas de los paraguas y en el forro de plumas de los abrigos. Las hojas de un árbol grande parecían manos que sostenían pequeñas perlas de agua. Me acordé del título de la novela de Kawabata: “Historias en la palma de la mano”. O en la palma verde de las hojas. Una buena fotografía siempre contiene una historia.

martes, 16 de abril de 2013

Escritor

Carpintero de palabras, constructor de historias. Voz que se alza entre la multidud.

domingo, 10 de marzo de 2013

Plan B. O Plan C, D, E, F… hasta que alguno funcione

“He valorado todas las opciones y, después de muchas vueltas, he tomado una decisión: me voy a Inglaterra”. Por unos segundos nos quedamos en silencio mirándonos a los ojos. Yo, tratando de asimilar lo más rápido posible la noticia; mi amigo, con una buena dosis de expectación tras haberme confiado un proyecto fraguado largas horas en solitario, tras búsquedas de trabajo infructuosas y un buen número de puertas cerradas a su alrededor.

“¿Tú también me vas a decir que estoy loco?”, bromea mientras apura un sorbo de una cerveza cuya espuma cae deprisa por los bordes, con la misma velocidad que los ahorros de su cuenta corriente. El encabezamiento de su pregunta, ese amargo “¿Tú también…?”, me hace pensar en los familiares y amigos que han tratado de disuadirle. Esta vez soy yo la que empuña el vaso alargado de Coca-Cola para postergar unos segundos mi respuesta, mientras el cubito de hielo y el trozo de limón llegan a mis labios como dedos invisibles que me recomiendan silenciar la parte más compleja de su empresa.

Sé por experiencia propia las dificultades que entraña empezar de cero en otra ciudad, aunque hay casos mucho más cómodos que otros: no es lo mismo llegar a otro lugar en tu mismo país cuando estás soltero, eres estudiante o recién licenciado, cuentas con el apoyo económico de tus padres y no tienes ningún compromiso a tus espaldas, que trasladarse a otro país con un idioma diferente, escasos recursos, la urgencia de encontrar un trabajo que, mejor o peor, te permita vivir en un piso compartido con cerca de 40 años y la necesidad de volver a reunirte lo antes posible con una pareja que se queda a la espera de tus logros.

“No, ni mucho menos pienso que estás loco. Creo que eres bastante valiente”. Mi respuesta dispersa de un manotazo sus temores y se lanza a contarme los detalles de su plan: ya ha concertado entrevistas con varias agencias de contratación de empleo, ha encontrado una habitación en un piso compartido y ha contactado a través de Facebook con un amigo del instituto que está viviendo en Londres para amortiguar la soledad de los primeros días. “Estoy dispuesto a trabajar en lo que sea: en tiendas, en cocinas, en hoteles… Lo importante es volver a tener un sueldo”. Mi amigo no tiene una carrera universitaria: tiene dos. Pero está dispuesto a fregar platos si con eso puede hacer frente a sus gastos. En el último año no ha tenido ninguna oportunidad, pero está empeñado en crearla transitando caminos que nunca había pensado recorrer. Ha sido capaz de poner en marcha un Plan B y le sobran valor y ganas para inventarse un Plan C, D, E, F… hasta que alguno funcione. Espero que la vida le recompense pronto su esfuerzo. Good luck, my friend. Buena suerte, compañero. Sin duda alguna, la mereces.