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Hombres de verdad

-“El problema es que ya no quedan hombres de verdad. A nuestra edad están todos casados o arrastran relaciones fracasadas del tipo ‘me hicieron daño y tengo miedo a enamorarme’ o ‘aún no me siento preparado para empezar algo serio’. Encontrar pareja a partir de los 30 no es difícil: es prácticamente imposible”. Escucho con atención a mi amiga, que no para de girar la cucharilla dentro de su taza de café. Habla con una convicción demoledora, fabricada con estadísticas personales de hombres que entraron con una pasión prometedora en su vida, pero que acabaron saliendo sin muchas explicaciones por la puerta de atrás. Intuyo que ya ha borrado esos nombres de su agenda de teléfono y de su cuenta de msn, que se ha deshecho de las fotos, los regalos y de esos pequeños detalles (una entrada de cine, la tarjeta de un restaurante…) que testimonian el paso de un amor. Sin embargo, de vez en cuando, el recuerdo de algunos de ellos reaparece. Como hoy, como en este preciso instante. No identifico e...

Motivos para alegrarse la vida

Hace años, cuando fui a Londres a hacer un curso de inglés, me impresionó un slogan publicitario que leí en un vagón de metro: “¿Inspiración? Se trata de saber hacia dónde mirar”. En aquel entonces tenía poca experiencia, ninguna herida y escaso entrenamiento en saltar obstáculos. La vida me había mimado y aún no me había sometido a pruebas difíciles. Sin embargo, la frase quedó grabada con fuerza en mi memoria, como si en el fondo supiera que en algún momento volvería a pensar en ella. Hay pensamientos que funcionan como brújulas: nos orientan en trayectos complicados del camino y marcan con claridad la dirección que debemos seguir. Años después, comprobé la verdad escondida en esa frase. Hicieron falta despedidas indeseadas, cambios de residencia, crisis profesionales y algún que otro arañazo en el corazón para darme cuenta de que en los momentos más duros es cuando hay que mirar con más atención a nuestro alrededor en busca de inspiración, cuando hay que dejar de pensar en lo incómo...

Estaciones de paso

En cualquier viaje hay estaciones incómodas de transitar. En ocasiones, el tren se estropea y te obliga a pasar un tiempo indefinido en lugares inhóspitos y desagradables, andenes sombríos donde las horas pasan lentamente, pesadamente, cansadamente. En estos momentos, me encuentro en una de esas etapas. El andén está en la zona Norte de Madrid, junto a cuatro imponentes rascacielos. El hospital de La Paz tiene una estación bulliciosa y concurrida a la que se accede por el Servicio de Urgencias. Celadores de camisa amarilla y pantalón blanco tratan de poner orden en la fila de enfermos que guardan con resignación su turno para ser inscritos en la sala de admisión. Mujeres y hombres de todas las edades, razas y condiciones sociales aguardan para recibir atención mientras reposan las cabezas en el hombro de sus parejas, se tocan con preocupación las partes doloridas de su cuerpo o miran con impaciencia el reloj. Los familiares se ponen nerviosos y preguntan a los celadores, los enfermos...

Desde el banquillo

Las vacaciones han terminado de una forma totalmente imprevista: desde hace más de diez días tengo una bronquitis persistente que me ha privado de disfrutar de los últimos días de playa, de las salidas al anochecer y del ambiente festivo del agosto, con brindis entre amigos con bebidas bien frías, bailes hasta la madrugada y momentos de diversión dignos de comentarios memorables en los álbumes de fotos y los perfiles de Facebook. La enfermedad me está obligando a contemplar el partido desde el banquillo, con un hilo escaso de voz y sin posibilidad de intervenir en el juego. Por eso sigo al pie de la letra las indicaciones de los médicos y voy a todas partes con mis frascos de jarabe, mi tableta de antibióticos, una botella de agua y un pañuelo anudado al cuello (una imagen extraña en el paisaje caluroso de Madrid). Cada día no disfrutado es un trozo de vida imposible de recuperar en el tiempo. Espero que los medicamentos comiencen a surtir efecto. Quiero volver a jugar.

Iniciar el juego

-“¿Juegas conmigo?”-, me propone una voz dulce y desconocida. He perdido la cuenta del tiempo que llevo leyendo debajo de la sombrilla. El libro se acerca a la resolución de la trama y me he abstraído totalmente de los niños que juegan con sus pistolas de agua al borde de la piscina, de los padres que se saludan cuando llegan con las toallas, la crema protectora y el periódico debajo del brazo y de las madres que no paran de dar indicaciones a sus hijos: sal del agua, no te vayas a la parte profunda, no hagas ahogadillas a tu hermana, ven a comerte la fruta, mueve con fuerza las piernas cuando nadas, no salpiques tanto cuando saltes… Levanto la vista y me encuentro a una niña morena que me sonríe y me tiende su mano derecha mientras sostiene un cubo de plástico rosa con la izquierda. Ahora sé lo que siente Shrek cuando mira a los ojos a su gato espadachín: hay miradas a las que es imposible resistirse. -“Vale”-, acierto a decir. -“¿Cómo te llamas?”. -“Marta”-, me informa la niña, que c...

Mancha de tinta sobre fondo blanco

Recorro en taxi las calles de Barcelona. El conductor ha verificado la dirección de mi cita en el GPS y me ha confirmado que nos quedan 25 minutos de trayecto. Al parecer, el comercial que organizó mi viaje no introdujo la información completa y reservó un hotel cerca de la calle Dante, en el sur de la ciudad, creyendo que se trataba de la calle Dante Alighieri, situada en la zona norte. Suspiro profundamente, mando un sms para prevenir a las personas que me esperan que voy a retrasarme y contesto con monosílabos al conductor del taxi, empeñado en hacerme todo tipo de preguntas indiscretas -de dónde vengo, por qué visito la ciudad, en qué sector trabajo…- para darme conversación. Mientras tanto, observo con admiración la arquitectura exquisita de los edificios de Barcelona, el paseo embelesado de los turistas y la mezcla de nacionalidades -una mujer india con sari, varios occidentales y un chico de color- que esperan la llegada de un autobús de línea. La vida está llena de imprevistos ...

Vacaciones

Hay palabras que nada más pronunciarlas evocan sensaciones y recuerdos agradables, palabras que nos envuelven y nos trasportan a situaciones placenteras y deseadas. “Vacaciones” es una de ellas, una palabra-álbum que se despliega ante nosotros con la alegría de las verbenas de verano, la luminosidad del amanecer en la playa y la complicidad de los almuerzos compartidos en familia, con tortilla de patatas, cerveza espumosa y una sandía recién salida del frigorífico y servida en rodajas sobre platos de Duralex. Las vacaciones disparan los sentidos, estiran las horas y despiertan el deseo. Deseo de pasar horas debajo de la sombrilla leyendo un buen libro, de disfrutar de nuestra pareja o de hacer deporte al aire libre. Deseo de decidir sobre nuestro tiempo y elegir nuestras ocupaciones favoritas. De no mirar el reloj. De no chequear varias veces al día la blackberry. De dormir cuando apetece e improvisar los planes. De vivir cada día al máximo, con energía y buen humor. Las vacaciones hue...