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Mi niña Daniela

Llegaste al mundo una noche de luna llena, tan luminosa y resplandeciente como la que brillaba en el cielo el día en que papá y yo nos casamos. -“Nos vamos a la sala de dilatación”-, comentó con una sonrisa el celador encargado de trasladarme en la camilla hacia el quirófano. Recuerdo con claridad todos los detalles de ese pequeño trayecto: un pasillo largo por el que desfilaban habitaciones con numeraciones correlativas; una máquina dispensadora de comida y otra de agua y refrescos; el control de enfermería, con varias auxiliares dando indicaciones a las personas que se acercaban al mostrador a preguntar; el pequeño rellano del ascensor, las puertas metálicas que se abrían, la sensación de estar descendiendo varias plantas... -“Por fin llegó el momento”-, pensaba emocionada. -“Ahora sí. Esta vez sí”-. Un año y medio después de mi último ingreso en un hospital volvía a estar en una camilla, volvía a entrar en un quirófano, pero por un motivo totalmente opuesto: en esta ocasión la v...

Y llegó Valeria

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Hay momentos que cambian nuestra vida para siempre. Instantes en los que nos sentimos impulsados con fuerza hacia delante y transformamos nuestra forma de ver y estar en el mundo, como si entrásemos de repente en un territorio más amplio, con más sensaciones y significados. Segundos de una lucidez extrema para identificar que estamos viviendo una experiencia única, que quedará grabada para siempre en nuestro corazón y nuestra memoria. Esa fue lo que ocurrió el 12 de mayo de 2013. El día en que tú llegaste al mundo, Valeria. El mismo día en el que yo volví a nacer. Tu venida empezó a presagiarse temprano esa mañana de domingo, cuando los quioscos vendían los primeros periódicos y las cafeterías sacaban su primera hornada de churros. Las enfermeras me recomendaron pasear un poco por el pasillo del hospital, que fui recorriendo arriba y abajo mientras el dolor se hacía cada vez más intenso y yo trataba de entretenerme observando a la gente que entraba alegremente en las habitaciones ...

Regreso

Regreso a Madrid. AVE que no vuela, pero casi. Todo pasa demasiado deprisa: los días de fiesta, las horas, el paisaje... La lluvia golpea con fuerza las ventanillas del tren.

Nochebuena

Estación de Atocha, tarde de Nochebuena. Maleta cargada de regalos. Villancicos por megafonía, viajeros con gorros de Papá Noel, sonrisas, buen rollo, llamadas de quienes me esperan... Vuelvo a casa.

Zona protegida

Uno de mis momentos preferidos del día es el anochecer, cuando regreso del trabajo y traspaso el umbral de mi casa. Fuera se quedan el frío, los atascos y las colas en las cajas de los supermercados. La puerta es un paso fronterizo: permite la entrada a quienes queremos y bloquea la entrada a visitas indeseadas. La visión de la casa recién iluminada y el sonido de la puerta que se cierra tienen un efecto tranquilizador. Empieza la parte más valiosa de nuestro tiempo, la que podemos dedicar a lo que más nos gusta y a quienes más nos importan. Hay pocos lugares tan plácidos para el descanso como nuestro sofá; sitios tan apetecibles para comer como nuestra cocina y cafés tan en su punto de crema y cafeína como el que prepara nuestra cafetera; no hay mejor espacio para ver un partido de fútbol como nuestro salón y rincones tan íntimos y conocidos como el de nuestro dormitorio (por no hablar de los baños, tan anhelados cuando estamos varios días de viaje y no terminamos de acostumbrarnos a...

Estaciones de paso

En cualquier viaje hay estaciones incómodas de transitar. En ocasiones, el tren se estropea y te obliga a pasar un tiempo indefinido en lugares inhóspitos y desagradables, andenes sombríos donde las horas pasan lentamente, pesadamente, cansadamente. En estos momentos, me encuentro en una de esas etapas. El andén está en la zona Norte de Madrid, junto a cuatro imponentes rascacielos. El hospital de La Paz tiene una estación bulliciosa y concurrida a la que se accede por el Servicio de Urgencias. Celadores de camisa amarilla y pantalón blanco tratan de poner orden en la fila de enfermos que guardan con resignación su turno para ser inscritos en la sala de admisión. Mujeres y hombres de todas las edades, razas y condiciones sociales aguardan para recibir atención mientras reposan las cabezas en el hombro de sus parejas, se tocan con preocupación las partes doloridas de su cuerpo o miran con impaciencia el reloj. Los familiares se ponen nerviosos y preguntan a los celadores, los enfermos...

Desde el banquillo

Las vacaciones han terminado de una forma totalmente imprevista: desde hace más de diez días tengo una bronquitis persistente que me ha privado de disfrutar de los últimos días de playa, de las salidas al anochecer y del ambiente festivo del agosto, con brindis entre amigos con bebidas bien frías, bailes hasta la madrugada y momentos de diversión dignos de comentarios memorables en los álbumes de fotos y los perfiles de Facebook. La enfermedad me está obligando a contemplar el partido desde el banquillo, con un hilo escaso de voz y sin posibilidad de intervenir en el juego. Por eso sigo al pie de la letra las indicaciones de los médicos y voy a todas partes con mis frascos de jarabe, mi tableta de antibióticos, una botella de agua y un pañuelo anudado al cuello (una imagen extraña en el paisaje caluroso de Madrid). Cada día no disfrutado es un trozo de vida imposible de recuperar en el tiempo. Espero que los medicamentos comiencen a surtir efecto. Quiero volver a jugar.

Mancha de tinta sobre fondo blanco

Recorro en taxi las calles de Barcelona. El conductor ha verificado la dirección de mi cita en el GPS y me ha confirmado que nos quedan 25 minutos de trayecto. Al parecer, el comercial que organizó mi viaje no introdujo la información completa y reservó un hotel cerca de la calle Dante, en el sur de la ciudad, creyendo que se trataba de la calle Dante Alighieri, situada en la zona norte. Suspiro profundamente, mando un sms para prevenir a las personas que me esperan que voy a retrasarme y contesto con monosílabos al conductor del taxi, empeñado en hacerme todo tipo de preguntas indiscretas -de dónde vengo, por qué visito la ciudad, en qué sector trabajo…- para darme conversación. Mientras tanto, observo con admiración la arquitectura exquisita de los edificios de Barcelona, el paseo embelesado de los turistas y la mezcla de nacionalidades -una mujer india con sari, varios occidentales y un chico de color- que esperan la llegada de un autobús de línea. La vida está llena de imprevistos ...

Botella medio llena

Sí, soy de las personas que ven la botella medio llena. También soy capaz de percibir las pequeñas grietas que surgen en las partes más desgastadas del vidrio y las dificultades de traspasar el líquido por un cuello rígido y estrecho. Tampoco soy ajena al hecho de que no siempre abundan los recursos ni ayudan las tormentas de alrededor. De acuerdo: hay una parte medio vacía e incómoda. Aún así, yo prefiero prestar mi atención a la abundancia de lo que está dentro, a la alegría de quienes contribuyen a que cada vez haya más y a las oportunidades que surgen para hacer que las cosas fluyan de forma agradable y placentera. No soy una optimista ingenua: soy una optimista consciente y voluntaria. El optimismo no es un don, sino una declaración de principios.

Cuenta conmigo

La amistad cobra su máximo sentido en los días especiales en la vida de una persona. La alegría es más fuerte y brillante cuando hay un amigo cerca, dispuesto a acompañarnos y prestarnos su apoyo. Uno de esos momentos estelares, que marcan un antes y un después en cualquier biografía, es el día en que nos casamos y todas las personas importantes en nuestra vida están convocadas en una iglesia o en un juzgado expectantes, emocionados y deseosos de asistir a la ceremonia con sus mejores galas. Una boda no sería tan bonita si antes de llegar al altar, los bancos no estuvieran repletos de caras conocidas y sonrientes al paso de los novios; si a la salida de la iglesia, no hubiera decenas de manos tirando arroz y pétalos de rosa para desearnos amor y prosperidad; si en el banquete no se escuchara el sonido festivo de las copas brindando con champán y los más veteranos no fueran los últimos en abandonar la pista de baile junto a los niños -incansables-, los jóvenes -imparables- y los novios,...

Deseo de aprender

De pequeña quise ser profesora, pediatra, diplomática, traductora, bailarina, investigadora… Quería aprender, experimentar, vivir muchas vidas dentro de la que a mí me había tocado. Me fascinaban las aventuras y los retos y no quería perder ninguna oportunidad de descubrir cosas nuevas. Lo desconocido siempre era un desafío y lo distinto (paisajes, personas, culturas, tendencias…) se presentaba ante mis ojos como un territorio por explorar. Con el paso de los años ese deseo sigue intacto. Con menos romanticismo y menos ideas preconcebidas, pero con la misma ilusión y la misma fuerza. Por eso he puesto en marcha este blog. Me parecía una forma original de traspasar los límites y vivir una experiencia diferente. Escribir en el ciberespacio es lo más parecido a enviar mensajes dentro de una botella: nunca sabes cuál será su recorrido ni a qué manos llegará. Tan sólo hay una cosa de la que estoy segura: merece la pena intentarlo.