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Más de lo que esperaba

Había coincidido varias veces con ella en el gimnasio y la había visto explicar los movimientos de una clase de aquagym al borde de la piscina, distribuir juguetes de plástico a los niños que jugaban con sus padres dentro del agua y colocar una banda de corcho azul cuando necesitaba delimitar una zona de trabajo cinco minutos antes de empezar una nueva sesión. La había visto desenvolverse con soltura y eficacia en tareas sencillas, pero hasta hoy no he sido consciente del alcance de su trabajo como monitora. Sucedió a última hora de la mañana, cuando hay menos afluencia de socios en el gimnasio. La línea azul dejaba media piscina para nado libre y reservaba la otra mitad para una actividad no especificada en el cuadrante de horarios. A los pocos minutos, la monitora ayudaba a un señor mayor a introducir a una chica paralítica en el agua, una joven bañista de ojos enormes que no paró de disfrutar desde que comenzó su hora de clase. Ayudada por su monitora, la chica se dejaba desplazar ...

Castañas asadas

El otoño llega de un día para otro: no importa lo que diga el calendario, ni los anuncios de temporada de los grandes almacenes. El otoño comienza en las esquinas donde se instalan los puestos de castañas asadas y una señora mayor mueve con destreza una olla sobre un brasero ardiente. “¡¡¡Castañaaaaaaaas, castañas calentitas!!”. El pregón de los castañeros, repetido con las mismas palabras año tras año, sobrevive al paisaje cambiante de las ciudades y a las idas y venidas de sus vecinos. -“Te pongo dos de regalo”-, anuncian con una sonrisa mientras cierran un cartucho de papel y devuelven el cambio con unos dedos ennegrecidos por el carbón.   He comido castañas en todos los otoños que soy capaz de recordar: en la niñez, en la adolescencia y en la juventud que pienso seguir estirando hasta que el tiempo y el espejo lo permitan. La memoria tiene almacenada un fichero enorme de imágenes y, entre las mías, hay varios cartuchos deshechos con impaciencia para saborear unas castañas reci...

Enganchados al móvil

Ocurre con cierta frecuencia: estás hablando con varias personas cuando de repente una de ellas se aparta del grupo para hablar por teléfono o responder un mensaje. -“Perdonad un momento”-, se excusa el receptor de la llamada mientras busca un lugar más tranquilo para responder. Mientras tanto, la conversación principal queda suspendida o deriva hacia otro tipo de comentarios. Las redes sociales y la mensajería instantánea han multiplicado las charlas paralelas y han disparado el flujo de mensajes precedidos de todo tipo de alertas (“bip-bip”, “toc-toc”, “tirorí-tirorí”) que se instalan como sonidos de fondo de cualquier charla entre amigos, compañeros y familiares. Las reuniones ahora tienen un denominador común: sus miembros reparten la atención entre las personas que les rodean y la información que les llega a través de sus dispositivos móviles. Cada vez hay más cabezas agachadas mirando una pantalla, más dedos recorriendo los teclados y menos oídos escuchando. Hay tantos puntos q...

El árbol de la vida

Sucedió cuando sólo habían trascurrido 20 minutos desde el inicio de la película: las luces de algunos dispositivos móviles comenzaron a encenderse. Sus dueños comentaban sus impresiones en alguna red social, respondían mensajes o comprobaban los minutos que faltaban para el fin de la proyección. No había pasado mucho tiempo, pero habían dejado de prestar toda su atención a la historia que se desarrollaba en la pantalla. Poco a poco, el sentimiento se fue extendiendo a un número cada vez mayor de espectadores. Algunos se cambiaban de postura en los asientos y otros entornaban los ojos con la sucesión de imágenes oníricas que a cada rato interrumpían la narración para reflejar simbólicamente los sentimientos de los personajes: algas en pausado movimiento, animales marinos transportándose en el mar, masas de fuego en colisión… “El árbol de la vida” es una película difícil: la historia es interesante, el trabajo actoral es muy bueno y la belleza visual y sonora, innegable. El escollo de ...

El espacio de los amigos

La comodidad de la vida en pareja provoca en ocasiones un daño colateral: planificamos todo nuestro tiempo libre junto a ella y, casi inevitablemente, desplazamos los encuentros con los amigos. La amistad es un vínculo generoso y elástico: se le pide comprensión cuando no podemos dedicarle la atención que se merece; consuelo cuando las cosas no salen tan bien como quisiéramos; tiempo cuando estamos en disposición de compartir… Existen pocas relaciones tan abiertas y desinteresadas como las que se establecen entre los amigos. Son ellos los que han escuchado una y otra vez nuestros planes de futuro; los que nos han orientado hacia una solución que no habíamos contemplado; los que han asistido a nuestras fiestas y han brindado por nosotros, los que nos acompañaron en algún pasillo solitario, cuando las noticias que venían a darnos eran demasiado difíciles de aceptar… Son los que han estado y continuarán estando ahí, sin pedir nada, sin reprochar nada. Al alcance de la mano. A un golpe ...

Obsesión con el espejo

Paseo tranquilamente por el barrio y al doblar una esquina encuentro un cartel de grandes dimensiones con una figura escultural y una propuesta tentadora: “Remodela tu cuerpo”. En letra más pequeña aparece un listado de los defectos que convendría eliminar, desde liposucciones para absorber la grasa hasta rinoplastias, aumentos de senos y todo tipo de técnicas que la cirugía ha inventado para enmendar a una genética rebelde y caprichosa. La belleza es una aspiración común y comprensible: a todos nos gusta tener una imagen agradable y afortunadamente existen recursos para mejorarla. El problema surge cuando la belleza se convierte en una obsesión y los defectos se transforman en accidentes que hay que corregir a toda costa. El espejo puede ser demoledor bajo una mirada exigente: imposible seguir con esa nariz, esos michelines o esa piel de naranja. La obsesión por la imagen crea además un efecto lupa: amplifica de forma exagerada el más mínimo defecto. Por eso hay clientes asiduos a la...

Espíritu Zen

Regreso a la rutina y varias personas formulan el mismo comentario que posiblemente yo repita dentro de poco: “¿Las vacaciones? Ya casi se me han olvidado…”. Resulta paradójico pensar que necesitamos algunos días para poder desconectar y sentirnos verdaderamente relajados y pocos minutos para que algo nos haga perder la calma: un electrodoméstico que se avería y genera un gasto imprevisto; un corte de tráfico en la carretera que nos lleva a circular a la deriva mientras encontramos una ruta alternativa en medio de un embotellamiento; una vuelta al trabajo con el escritorio lleno de documentos y tareas por hacer en tiempo récord… Hay situaciones que ponen a prueba nuestra paciencia, pero ninguna de ellas deberían hacernos perder el buen humor. Las dificultades forman parte del día a día y merece la pena que tan sólo les dediquemos el tiempo justo para resolverlas. No sirve de nada tenerlas presentes y recrearnos en ellas: el camino no tiene por qué ser aún más difícil. Las cosas pueden...