Entradas

Con permiso de Chavela

Me tropecé con el tweet de Chavela Vargas el sábado por la noche, mientras leía con rapidez mensajes de 140 caracteres que hablaban de propuestas de ocio para el fin de semana, de la inminencia de las elecciones en Andalucía y Asturias y del estado de ánimo de los usuarios, que bromeaban distendidamente sobre todo tipo de asuntos. Chavela, desde su   perfil sonriente en sepia, con camisa blanca y pañuelo rojo anudado al cuello, ponía voz profunda y sonido de guitarra a través de un único mensaje. Tan sólo un artista puede decir mucho con muy pocas palabras. -“El amor es un paso. El adiós es otro…y ambos deben ser firmes, nada es para siempre en la vida”-, comentaba en su tweet. Amar y despedirse. Vivir intensamente con alguien y morir para alguien. Nacer, morir y renacer. Tiene razón Chavela. Nada es para siempre o, al menos, nada es para siempre de la misma forma. Todo cambia. Todos cambiamos. Pero me resisto a recrearme en la melancolía. Hay algo que siempre perdura: los buenos...

La fuerza de una imagen

Imagen
Enseñó al mundo las caras tiznadas de carbón de los niños mineros, las miradas inseguras de los inmigrantes polacos que llegaban a Ellis Island con maletas atadas con cuerdas y las hileras de ropa tendidas al sol de los barrios desfavorecidos de Manhattan a principios del siglo XX. Sus imágenes suenan a sirenas de barco, a palabras pronunciadas en un inglés con acento extranjero, a máquinas accionadas por niños que no tienen más remedio que trabajar. En las fotografías de Lewis Hine hay páginas llenas de historias, ambientes cargados de sensaciones, sabores, olores. Ruido. Inquietud. Conciencia de que los episodios que rescata no deberían haber pasado nunca, conciencia y denuncia del sufrimiento ajeno. El poder del artista es tremendo: su mano invisible atrapa al espectador y le introduce en el escenario de cada fotografía. ¿Cómo empezarías una nueva vida en otro país con poco dinero y sin conocer el idioma? ¿Qué sentirías al ver a tu hijo descalzo vendiendo periódicos por la calle? ¿...

Desde el chiringuito

Imagen
Escribo estas líneas desde mi ordenador portátil, sentada en un merendero. En el horizonte, unas cuantas palmeras, varias sombrillas de paja y un mar tranquilo y plomizo, silencioso a su llegada a la orilla. El sol brilla con timidez e intenta buscar los huecos que van dejando las nubes. Un grupo de gaviotas atraviesa el cielo con prisa, perfectamente alineadas, chillándose unas a otras con su particular sistema de palabras indescifrables. A mi derecha, las risas cada vez más cercanas de una niña llegan alegres hasta mi mesa, desde donde la veo deslizarse sobre unos patines rosas (¿regalo de Papá Noel?) mientras un perrillo blanco la sigue jadeando y dando brincos.   -“¿Desea alguna cosa más?”-, me pregunta un camarero al observar que mi vaso se ha quedado vacío de Coca-Cola, con un hielo medio derretido y solitario. De vez en cuando, un ciclista pasa fugazmente moviendo con fuerza los pedales de su bicicleta. -“Barato”-, me comenta un chico negro con la esperanza de venderme uno ...

Decepción

Pérdida momentánea de energía. Mirada sin brillo y sonrisa forzada. La realidad no coincide con las expectativas.

Valentía

Paso adelante. Pecho al descubierto. Fuerza arrolladora de quien confía en sí mismo y en sus posibilidades.

Más de lo que esperaba

Había coincidido varias veces con ella en el gimnasio y la había visto explicar los movimientos de una clase de aquagym al borde de la piscina, distribuir juguetes de plástico a los niños que jugaban con sus padres dentro del agua y colocar una banda de corcho azul cuando necesitaba delimitar una zona de trabajo cinco minutos antes de empezar una nueva sesión. La había visto desenvolverse con soltura y eficacia en tareas sencillas, pero hasta hoy no he sido consciente del alcance de su trabajo como monitora. Sucedió a última hora de la mañana, cuando hay menos afluencia de socios en el gimnasio. La línea azul dejaba media piscina para nado libre y reservaba la otra mitad para una actividad no especificada en el cuadrante de horarios. A los pocos minutos, la monitora ayudaba a un señor mayor a introducir a una chica paralítica en el agua, una joven bañista de ojos enormes que no paró de disfrutar desde que comenzó su hora de clase. Ayudada por su monitora, la chica se dejaba desplazar ...

Castañas asadas

El otoño llega de un día para otro: no importa lo que diga el calendario, ni los anuncios de temporada de los grandes almacenes. El otoño comienza en las esquinas donde se instalan los puestos de castañas asadas y una señora mayor mueve con destreza una olla sobre un brasero ardiente. “¡¡¡Castañaaaaaaaas, castañas calentitas!!”. El pregón de los castañeros, repetido con las mismas palabras año tras año, sobrevive al paisaje cambiante de las ciudades y a las idas y venidas de sus vecinos. -“Te pongo dos de regalo”-, anuncian con una sonrisa mientras cierran un cartucho de papel y devuelven el cambio con unos dedos ennegrecidos por el carbón.   He comido castañas en todos los otoños que soy capaz de recordar: en la niñez, en la adolescencia y en la juventud que pienso seguir estirando hasta que el tiempo y el espejo lo permitan. La memoria tiene almacenada un fichero enorme de imágenes y, entre las mías, hay varios cartuchos deshechos con impaciencia para saborear unas castañas reci...