lunes, 24 de enero de 2011

Pequeños adultos

“¿Por qué?”. La reacción es unánime en todas las personas que conocen la noticia. Silencio. Pesar. Unos segundos de reflexión y la misma pregunta -¿por qué?- tratando de encontrar una explicación al comportamiento de una niña francesa de 10 años que hace pocos días terminó con su vida saltando al vacío desde la terraza de su casa.

Resulta difícil imaginar cómo una niña en edad de juegos, aprendizaje y diversión tomara una decisión de adulta desesperada y abrumada por los acontecimientos. Cada vez los niños son niños por menos tiempo, en parte por el ritmo enloquecido que les imponemos los mayores. Hace poco leí que una de las frases que escuchan con más frecuencia los críos es “date prisa”. Date prisa para terminar el desayuno porque tengo que llevarte al cole y salir corriendo al trabajo. Date prisa para llegar a tiempo a la clase que toca esta tarde, una distinta para cada día de la semana -ballet, música, judo, natación e inglés-. Date prisa para hacer los deberes. Date prisa para terminar la cena. Date prisa para irte a dormir…

La vida de muchos niños es una carrera constante sin señales reconocibles en el camino, un esfuerzo permanente que puede resultar muy frustrante si aún no tienen la edad suficiente para asumir ni comprender las exigencias de los adultos, que con frecuencia les instamos a que se valgan por sí mismos y asuman responsabilidades de una forma demasiado prematura.

Dejemos que los niños disfruten de su infancia, que jueguen, fantaseen y vivan experiencias propias de su edad sin sobrecargarles de tareas ni exponerles a situaciones de estrés que podríamos evitar con un poco más de paciencia o una mejor organización por nuestra parte.

No hay que tener prisa para dejar de ser niños, al contrario: hay que tomarse el tiempo necesario para acceder al mundo de los adultos. Una vez que estás dentro de él, ya no hay posibilidad de escapatoria.

martes, 4 de enero de 2011

Tomar la iniciativa

Hay algo de mágico en los tentáculos virtuales de Facebook. Llegan a hogares de la geografía más remota, escarban en el pasado y sacan a la superficie fotografías de la infancia y nombres de compañeros de clase que vimos por última vez en un listado de notas sobre un tablón de corcho.


-“¡Madre mía, cuánto tiempo hacía que no hablaba contigo!”-. En los últimos meses he repetido varias veces esta frase al recibir un correo o intercambiar saludos en el chat. 15 años después, la vida nos ha vuelto a poner en el camino. Por eso me hizo especial ilusión volver a encontrarme con algunas amigas de la infancia esta Navidad, la época más propicia para los encuentros y las celebraciones. Afortunadamente, pudo más nuestra ilusión por volver a vernos que cualquier idea preconcebida (¿saldrá todo bien? ¿tendremos cosas en común o habremos cambiado demasiado? ¿será una buena idea después de todo?). El punto de encuentro fue una tetería de Málaga, un local cálido y acogedor repleto de gente joven, conversaciones y una carta interminable de bebidas. Mayka, con su simpatía habitual y su buen humor, fue la primera en romper el hielo: está feliz con su marido y su nueva vida en Londres y su día a día es como la ciudad, brillante y a veces cubierta de bruma, con la nostalgia inevitable de quienes comienzan desde cero en otro lugar.


Sobre nuevos paisajes y amistades la experta es Inma, recién llegada de Estados Unidos. Ha disfrutado al máximo de la experiencia y está deseando volver. Inma es la más silenciosa del grupo y quizás la más sensible: observa, escucha con atención y medita las palabras de sus interlocutores. Sin embargo, cuando llega su turno comparte sus recuerdos con emoción y sinceridad. Es una mujer discreta y generosa.


Y Mariola. ¿Qué decir de la amiga que más se ha preocupado por estar en contacto con todos? Siempre con una sonrisa resplandeciente, atenta y cariñosa. En cualquier grupo tiene que haber alguien como ella, una persona experta en abrir las puertas, allanar el camino y contagiar entusiasmo a los recién llegados.


Hablamos mucho, nos reímos más aún y, sobre todo, tuvimos la sensación de haber estado durante unas horas dentro de un túnel del tiempo: nada parecía haber cambiado desde la última vez que nos vimos, al menos no la facilidad para conectar y sentirnos a gusto.


Las redes sociales tienen sentido cuando dejan de ser virtuales y se trasladan a la realidad. Un amigo con el que sólo nos comunicamos por Internet no es un amigo, es un contacto, alguien que conocemos de lejos, con la frialdad de la distancia. Por eso es importante tomar la iniciativa y propiciar el encuentro. La vida y las relaciones reales son mucho más sorprendentes y emocionantes que las virtuales.