domingo, 20 de noviembre de 2016

Mi niña Daniela

Llegaste al mundo una noche de luna llena, tan luminosa y resplandeciente como la que brillaba en el cielo el día en que papá y yo nos casamos. -“Nos vamos a la sala de dilatación”-, comentó con una sonrisa el celador encargado de trasladarme en la camilla hacia el quirófano. Recuerdo con claridad todos los detalles de ese pequeño trayecto: un pasillo largo por el que desfilaban habitaciones con numeraciones correlativas; una máquina dispensadora de comida y otra de agua y refrescos; el control de enfermería, con varias auxiliares dando indicaciones a las personas que se acercaban al mostrador a preguntar; el pequeño rellano del ascensor, las puertas metálicas que se abrían, la sensación de estar descendiendo varias plantas...
-“Por fin llegó el momento”-, pensaba emocionada. -“Ahora sí. Esta vez sí”-. Un año y medio después de mi último ingreso en un hospital volvía a estar en una camilla, volvía a entrar en un quirófano, pero por un motivo totalmente opuesto: en esta ocasión la vida se había abierto paso con fuerza creciendo incansablemente día tras día, semana tras semana, expandiendo generosa su energía  y su luz.

-“Soy Carmina, la matrona. Voy a acompañarte en el parto. Ánimo, que te queda una larga tarde por delante”-. Después de ella fueron llegando enfermeras, el anestesista, el ginecólogo.., Y se cumplió su predicción: la tarde fue larga. Pasaron un par de horas de espera y dolores, de contracciones cada vez más intensas, de empujar con fuerza, relajar, coger aire profundamente y empujar más fuerte aún… Hasta que tú llegaste.


-“Ya está aquí, ya está aquí”-, anunciaba el doctor. -“¿Quieres ayudar a sacarla?”-, preguntó. Sin dudarlo un instante me incorporé en la camilla y te cogí suavemente por debajo de tus brazos. Te atraje hasta mi pecho con la delicadeza de quien sabe que tiene un tesoro inmenso y enormemente frágil entre las manos. -“Bienvenida al mundo, Daniela”-, te dije mientras te colocaba sobre mi pecho. -“Te quiero. Te quiero mucho”-, repetí observando tu carita, tus ojos que comenzaban a abrirse, tu cuerpecillo menudo que se movía como un pez que acabara de emerger a la superficie.

Después del esfuerzo del parto, sentirte tan cerca fue la mejor recompensa. Tus primeros minutos de vida transcurrieron en mi regazo, unidas aún las dos por el cordón umbilical. Papá, que estuvo conmigo todo el tiempo acompañándome y dándome ánimos, nos observaba con emoción y ternura. -“Bienvenida al mundo y a nuestra familia. Te estábamos esperando”-, te decía mientras te acariciaba la cara.

Hace tres años y medio, un 12 de mayo, volví a nacer con la llegada de Valeria. Años después, el 20 de octubre, sentí que volvía a nacer contigo, Daniela, un día especial y mágico que recordaré mientras viva.

Es cierto que la maternidad te convierte en una persona mejor: te agranda el corazón, el entendimiento y la conciencia. Cada día que pasa me doy cuenta de la suerte que he tenido de tener unas hijas como vosotras. Y ahí estaré siempre, caminando a vuestro lado para cuidaros, aconsejaros, acompañaros, quereros… Ahí estará siempre. Hasta mi último aliento. Hasta el infinito con mis niñas Valeria y Daniela. 

martes, 16 de febrero de 2016

Desde la ventilla del tren

Pueblo blanco con castillo encima de la montaña. Cielo azul, sol de febrero, kilómetros que se pierden en las vías.  Desde la ventanilla del tren.

martes, 23 de junio de 2015

¡¡Que vienen los Peppers!!!


 
Empezamos con las centralitas electrónicas, las máquinas de autochek-in y las cajas de pago con tarjeta automática. El personal de atención al cliente se ha ido reduciendo con los años y puede que en los próximos tiempos acabe por desaparecer con la llegada de inventos como el robot Pepper, el último gadget asiático. Sus creadores aseguran que es simpático, servicial y capaz de interpretar los sentimientos humanos para dar una respuesta positiva. Tal ha sido el furor que ha despertado Pepper que se han agotado las existencias un minuto después de salir a la venta…
 
Imagino que hay gestiones básicas que se pueden automatizar, pero el factor humano me parece esencial en el trato con los clientes. Por muy sofisticada que sea la ingeniería programada en un laboratorio nunca se podrá comparar con la empatía, la experiencia y el saber hacer de un profesional.
La cara perversa de la tecnología es la deshumanización. El trato personalizado se sustituye por protocolos; las respuestas se encorsetan en un programa estándar donde solo cabe un número concreto de variables predecibles; y la imagen que transmite la empresa es muy poco cercana.
No me imagino resolviendo una gestión con un robot. Prefiero un humano, por muy imperfecto que sea, el que se encargue de atenderme y buscar soluciones en el caso de que sea necesario. Alguien con nombre y apellidos y rostro, voz y criterio propios. Definitivamente, me quedo con las personas.

viernes, 19 de junio de 2015

Sin perder la perspectiva

Hay algo que no me cuadra en el debate social que se está generando en los últimos días: la pérdida absoluta de perspectiva de lo que es correcto o incorrecto en las acciones de nuestros gestores públicos. Leo críticas enconadas y enardecidas defensas que están claramente condicionadas por un único factor: si el protagonista de un hecho reprobable es o no afín a las ideas políticas de quienes las escriben.
 
Estamos de acuerdo en que hay matices y grados. Que no son comparables delitos con faltas. Pero estamos en todo nuestro derecho de exigir a los políticos,  de cualquier signo e ideología, eficacia en la gestión, honradez y respeto a las leyes. Y cualquier cosa que contravenga estos principios está sencillamente fuera de lugar.
Trabajo y transparencia, sí.
Negligencia y “postureo”, no.  

miércoles, 2 de julio de 2014

Tan a gusto

 
Termino de leer una revista femenina que adelanta apetecibles planes de vacaciones, costosos estilismos y sofisticadas dietas y ejercicios para lucir un cuerpo perfecto durante el     verano.     Precisamente  es   ese   adjetivo -“perfecto”- , uno de los más recurrentes en la mayoría de los reportajes. La perfección parece ser la finalidad oculta detrás de tanto esfuerzo de energía, tiempo y recursos económicos.

A estas alturas de mi vida ya he comprobado que la perfección no es sinónimo de felicidad, sino de insatisfacción. Pretender abarcarlo todo con la máxima eficacia es una tarea agotadora e inalcanzable. Así que, después de este rato de lectura, ya sé lo que no voy a hacer en verano: cursos de submarinismo, bikram yoga, ni esquí acuático; tampoco voy a comprarme un vestido de Gucci ni un bolso de Prada; por supuesto que no voy a contabilizar las calorías de cada alimento. Y sí, voy a disfrutar a tope de la familia, del buen tiempo y de la playa; voy a comer helados y no me privaré de unas tapas con tinto con limón. Renuncio a estar perfecta. Aspiro a estar a gusto. ¡¡¡Feliz verano a todos!!!

domingo, 18 de mayo de 2014

#Que alguien me lo explique

Leo con verdadero estupor las declaraciones de la autora de un asesinato que no sólo no se arrepiente del atentado que acaba de cometer, sino que se jacta de ello y justifica su crimen porque la víctima, según su desquiciado criterio, “se lo merecía”. Con el mismo estupor e incredulidad leo también comentarios en redes sociales disculpando a la asesina y señalando como posibles atenuantes la crispación social, las barreras entre el pueblo y la clase política, la indignación, los efectos trágicos de la crisis…

 ¿Creerse víctima de una injusticia justifica que alguien acabe con la vida de una persona? ¿La indignación actúa como una carta blanca en nuestra sociedad? Porque si es así, nadie está libre de recibir el ataque de otro que se sienta perjudicado por su actitud. Un jefe autoritario, un familiar molesto, un vecino ruidoso, un compañero de trabajo cotilla, un amigo que comete una traición… ¿Para qué tenemos unos derechos y un sistema judicial? ¿Vivimos en una sociedad civilizada o en una auténtica jungla? ¿Los contenciosos se dirimen en los juzgados o a balazo limpio? ¿Quiénes son nuestros héroes: los asesinos o quienes contribuyen a crear una sociedad mejor? No perdamos el norte: la vida es el bien más preciado que tenemos. Y afortunadamente, vivimos en un país en el que nadie tiene derecho de acabar con ella.