sábado, 31 de diciembre de 2011

Desde el chiringuito

Escribo estas líneas desde mi ordenador portátil, sentada en un merendero. En el horizonte, unas cuantas palmeras, varias sombrillas de paja y un mar tranquilo y plomizo, silencioso a su llegada a la orilla. El sol brilla con timidez e intenta buscar los huecos que van dejando las nubes. Un grupo de gaviotas atraviesa el cielo con prisa, perfectamente alineadas, chillándose unas a otras con su particular sistema de palabras indescifrables. A mi derecha, las risas cada vez más cercanas de una niña llegan alegres hasta mi mesa, desde donde la veo deslizarse sobre unos patines rosas (¿regalo de Papá Noel?) mientras un perrillo blanco la sigue jadeando y dando brincos.

 -“¿Desea alguna cosa más?”-, me pregunta un camarero al observar que mi vaso se ha quedado vacío de Coca-Cola, con un hielo medio derretido y solitario. De vez en cuando, un ciclista pasa fugazmente moviendo con fuerza los pedales de su bicicleta. -“Barato”-, me comenta un chico negro con la esperanza de venderme uno de los relojes  que saca de su mochila. A mi izquierda, en el espigón, dos señores mayores despliegan sus cañas de pescar, dos lanzas de plástico trazando líneas sobre el horizonte.

 Mientras escribo, me doy cuenta de que hay una facultad que aflora cuando tenemos tiempo: la capacidad de observar, la oportunidad de convertirnos en espectadores sin que el entorno espere ninguna respuesta por nuestra parte. La ausencia de valoraciones y juicios aporta una paz infinita.

 Tiempo. Relax. Vacaciones.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Decepción

Pérdida momentánea de energía. Mirada sin brillo y sonrisa forzada. La realidad no coincide con las expectativas.

Valentía

Paso adelante. Pecho al descubierto. Fuerza arrolladora de quien confía en sí mismo y en sus posibilidades.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Más de lo que esperaba

Había coincidido varias veces con ella en el gimnasio y la había visto explicar los movimientos de una clase de aquagym al borde de la piscina, distribuir juguetes de plástico a los niños que jugaban con sus padres dentro del agua y colocar una banda de corcho azul cuando necesitaba delimitar una zona de trabajo cinco minutos antes de empezar una nueva sesión. La había visto desenvolverse con soltura y eficacia en tareas sencillas, pero hasta hoy no he sido consciente del alcance de su trabajo como monitora.

Sucedió a última hora de la mañana, cuando hay menos afluencia de socios en el gimnasio. La línea azul dejaba media piscina para nado libre y reservaba la otra mitad para una actividad no especificada en el cuadrante de horarios. A los pocos minutos, la monitora ayudaba a un señor mayor a introducir a una chica paralítica en el agua, una joven bañista de ojos enormes que no paró de disfrutar desde que comenzó su hora de clase. Ayudada por su monitora, la chica se dejaba desplazar con suavidad. La expresión de su cara -distendida y sonriente, con los ojos ligeramente entornados-, dejaba traslucir una sensación de alegría y abandono, como si el agua la liberara de un peso rígido y pesado y le permitiera flotar durante esos minutos en un mundo más fácil y accesible, un mundo ligero, reconfortante, casi mágico.

Desde la otra mitad de la piscina, donde yo me encontraba, veía que el esfuerzo y la dedicación de la monitora eran correspondidos por las sonoras carcajadas de la joven, que expresaba con franqueza su bienestar. Me conmovió la complicidad y el incesante intercambio de emociones entre ambas: una enviaba cariño y atenciones y la otra las devolvía en forma de reconocimiento y gratitud. Existen personas capaces de conectarnos rápidamente con la parte más luminosa y humana que hay dentro de nosotros. No me cabe duda que esta mañana he estado junto a dos de ellas.

martes, 1 de noviembre de 2011

Castañas asadas

El otoño llega de un día para otro: no importa lo que diga el calendario, ni los anuncios de temporada de los grandes almacenes. El otoño comienza en las esquinas donde se instalan los puestos de castañas asadas y una señora mayor mueve con destreza una olla sobre un brasero ardiente. “¡¡¡Castañaaaaaaaas, castañas calentitas!!”. El pregón de los castañeros, repetido con las mismas palabras año tras año, sobrevive al paisaje cambiante de las ciudades y a las idas y venidas de sus vecinos. -“Te pongo dos de regalo”-, anuncian con una sonrisa mientras cierran un cartucho de papel y devuelven el cambio con unos dedos ennegrecidos por el carbón.

 He comido castañas en todos los otoños que soy capaz de recordar: en la niñez, en la adolescencia y en la juventud que pienso seguir estirando hasta que el tiempo y el espejo lo permitan. La memoria tiene almacenada un fichero enorme de imágenes y, entre las mías, hay varios cartuchos deshechos con impaciencia para saborear unas castañas recién retiradas del fuego.

 Un año más, un otoño más y el mismo sabor de siempre. Otra vez hay puestos de chapa emitiendo señales de humo entre edificios de hormigón.

martes, 4 de octubre de 2011

Enganchados al móvil

Ocurre con cierta frecuencia: estás hablando con varias personas cuando de repente una de ellas se aparta del grupo para hablar por teléfono o responder un mensaje. -“Perdonad un momento”-, se excusa el receptor de la llamada mientras busca un lugar más tranquilo para responder. Mientras tanto, la conversación principal queda suspendida o deriva hacia otro tipo de comentarios. Las redes sociales y la mensajería instantánea han multiplicado las charlas paralelas y han disparado el flujo de mensajes precedidos de todo tipo de alertas (“bip-bip”, “toc-toc”, “tirorí-tirorí”) que se instalan como sonidos de fondo de cualquier charla entre amigos, compañeros y familiares.

Las reuniones ahora tienen un denominador común: sus miembros reparten la atención entre las personas que les rodean y la información que les llega a través de sus dispositivos móviles. Cada vez hay más cabezas agachadas mirando una pantalla, más dedos recorriendo los teclados y menos oídos escuchando. Hay tantos puntos que captan nuestro interés que resulta difícil mantener la atención en una sola cosa o persona durante un tiempo razonable.

-“¿De qué estáis hablando?”-, pregunta el amigo que regresa con su blackberry en la mano y trata de pillar el hilo de la nueva conversación. La dispersión crea una sensación falsa: la de estar conectado a varias situaciones al mismo tiempo, cuando en realidad no se está realmente implicado en ninguna de ellas. Los móviles pueden acercarnos en la lejanía y aislarnos en la distancia corta. Por eso hay dos funciones que convendría activar más a menudo: modo silencio y modo off.

lunes, 26 de septiembre de 2011

El árbol de la vida

Sucedió cuando sólo habían trascurrido 20 minutos desde el inicio de la película: las luces de algunos dispositivos móviles comenzaron a encenderse. Sus dueños comentaban sus impresiones en alguna red social, respondían mensajes o comprobaban los minutos que faltaban para el fin de la proyección. No había pasado mucho tiempo, pero habían dejado de prestar toda su atención a la historia que se desarrollaba en la pantalla. Poco a poco, el sentimiento se fue extendiendo a un número cada vez mayor de espectadores. Algunos se cambiaban de postura en los asientos y otros entornaban los ojos con la sucesión de imágenes oníricas que a cada rato interrumpían la narración para reflejar simbólicamente los sentimientos de los personajes: algas en pausado movimiento, animales marinos transportándose en el mar, masas de fuego en colisión…

“El árbol de la vida” es una película difícil: la historia es interesante, el trabajo actoral es muy bueno y la belleza visual y sonora, innegable. El escollo de esta cinta es la puesta en escena. En el mundo del cine -y del Arte en general- hay una tendencia generalizada a identificar “profundidad” con “densidad”, como si para abordar una historia rica en emociones hubiera que arrugar el entrecejo, adoptar un tono solemne y desarrollar un discurso conceptual y cuajado de referencias. Existe un cliché de “profundidad” que repiten algunos creadores: ritmo intencionalmente lento, planos subjetivos, movimientos sinuosos…

Sin embargo, ¿es realmente necesario recurrir constantemente a este tipo de efectos para expresar un sentimiento que se intuye en la mirada de un personaje o en la carga emocional de un diálogo? Creo que no. Hay elementos que sobran y le restan intensidad a la trama. Cada vez valoro más la sencillez en una puesta en escena, la valentía de no abusar de los artificios para poner en valor el trabajo de los actores y la fuerza de un guión. La profundidad no tiene que ver con la pesadez, sino con la capacidad para traer a la superficie una verdad reconocible para todos.

martes, 13 de septiembre de 2011

El espacio de los amigos

La comodidad de la vida en pareja provoca en ocasiones un daño colateral: planificamos todo nuestro tiempo libre junto a ella y, casi inevitablemente, desplazamos los encuentros con los amigos. La amistad es un vínculo generoso y elástico: se le pide comprensión cuando no podemos dedicarle la atención que se merece; consuelo cuando las cosas no salen tan bien como quisiéramos; tiempo cuando estamos en disposición de compartir…

Existen pocas relaciones tan abiertas y desinteresadas como las que se establecen entre los amigos. Son ellos los que han escuchado una y otra vez nuestros planes de futuro; los que nos han orientado hacia una solución que no habíamos contemplado; los que han asistido a nuestras fiestas y han brindado por nosotros, los que nos acompañaron en algún pasillo solitario, cuando las noticias que venían a darnos eran demasiado difíciles de aceptar…

Son los que han estado y continuarán estando ahí, sin pedir nada, sin reprochar nada. Al alcance de la mano. A un golpe de teléfono. A la espera del momento en que decidamos que de este fin de semana no pasa y organicemos una cena para volverles a ver.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Obsesión con el espejo

Paseo tranquilamente por el barrio y al doblar una esquina encuentro un cartel de grandes dimensiones con una figura escultural y una propuesta tentadora: “Remodela tu cuerpo”. En letra más pequeña aparece un listado de los defectos que convendría eliminar, desde liposucciones para absorber la grasa hasta rinoplastias, aumentos de senos y todo tipo de técnicas que la cirugía ha inventado para enmendar a una genética rebelde y caprichosa.

La belleza es una aspiración común y comprensible: a todos nos gusta tener una imagen agradable y afortunadamente existen recursos para mejorarla. El problema surge cuando la belleza se convierte en una obsesión y los defectos se transforman en accidentes que hay que corregir a toda costa. El espejo puede ser demoledor bajo una mirada exigente: imposible seguir con esa nariz, esos michelines o esa piel de naranja. La obsesión por la imagen crea además un efecto lupa: amplifica de forma exagerada el más mínimo defecto. Por eso hay clientes asiduos a las clínicas de estética; una vez que han comenzado su plan de “remodelación” tienen que llegar hasta el final, como un alumno aplicado que borra cualquier trazo de lápiz en un dibujo acabado con tinta.


Continúo mi paseo y me pregunto cuánto sufrimiento genera la conquista de un cierto tipo de belleza. La necesidad de sentirnos atractivos se convierte en un camino cuesta arriba para algunos y en un negocio muy lucrativo para otros. Hay que saber escoger el espejo en el que nos miramos: el cuerpo necesita cuidados, pero no “remodelaciones”. Lo que en un principio puede ser positivo -intervenir puntualmente para corregir un defecto muy evidente- puede convertirse en el comienzo de una carrera sin fin. La búsqueda de la belleza no puede pasar por convertirnos en una persona que no somos. La obsesión por la imagen no deja de ser una forma de esclavitud.

lunes, 29 de agosto de 2011

Espíritu Zen

Regreso a la rutina y varias personas formulan el mismo comentario que posiblemente yo repita dentro de poco: “¿Las vacaciones? Ya casi se me han olvidado…”. Resulta paradójico pensar que necesitamos algunos días para poder desconectar y sentirnos verdaderamente relajados y pocos minutos para que algo nos haga perder la calma: un electrodoméstico que se avería y genera un gasto imprevisto; un corte de tráfico en la carretera que nos lleva a circular a la deriva mientras encontramos una ruta alternativa en medio de un embotellamiento; una vuelta al trabajo con el escritorio lleno de documentos y tareas por hacer en tiempo récord…

Hay situaciones que ponen a prueba nuestra paciencia, pero ninguna de ellas deberían hacernos perder el buen humor. Las dificultades forman parte del día a día y merece la pena que tan sólo les dediquemos el tiempo justo para resolverlas. No sirve de nada tenerlas presentes y recrearnos en ellas: el camino no tiene por qué ser aún más difícil. Las cosas pueden ser complicadas, pero en nuestras manos está tomarlas como vienen o convertirlas en un drama.

En estos días de regreso, conviene recordar el espíritu de las vacaciones. Calma, relax… Be water, my friend.

martes, 23 de agosto de 2011

Sucedáneos

No nos damos cuenta de las tensiones que acumulamos a lo largo del año hasta que llegan los días de vacaciones, extendemos la toalla sobre la arena y nos dejamos invadir por el ritmo lento y acompasado del mar, especialmente si estamos a orillas del Mediterráneo. Las vacaciones desvían la mirada del reloj y la dirigen suavemente hacia un horizonte de planes sencillos y apetecibles: la lectura de un buen libro bajo la sombrilla; una cerveza casi helada a la hora del aperitivo; nado y buceo en un agua en su punto justo de temperatura; comidas familiares y cenas con amigos…

En las ciudades han proliferado los lugares de descanso y relax, pero ninguno de ellos resulta tan poderoso y efectivo como el contacto directo con la Naturaleza. Los gimnasios pueden ser muy espaciosos y estar bien equipados, pero no pueden ofrecer las sensaciones que surgen del ejercicio al aire libre: los minutos que pasamos sobre la bicicleta estática no son comparables a los paseos por el campo o la playa, especialmente al atardecer, con una brisa incipiente que amortigua el esfuerzo del pedaleo; la fuerza tonificante del mar no tiene parangón con la mansedumbre del agua de la piscina; y el jogging en la montaña o en la orilla es mucho más placentero que la carrera sobre una cinta. Los gimnasios y spas son útiles para mantenernos en forma, pero la verdadera relajación surge del contacto directo con la  Naturaleza, con su ritmo pausado, sus paisajes abiertos y sus vibraciones contagiosas y calmantes.

miércoles, 27 de julio de 2011

Amor bajo sospecha

Las diferencias parecen enemigas del amor. En el cliché de pareja ideal que todos hemos asumido hay semejanzas en el grado de atractivo, nivel socioeconómico, estado civil, cultura, religión, raza y edad. La fuerza de este estereotipo es tan aplastante que cae como una losa sobre las parejas donde hay algún tipo de desigualdad. Lo distinto parece sospechoso y la sociedad, los amigos y el entorno más inmediato se encargan de recordarlo cada cierto tiempo con comentarios repletos de temores y prejuicios: el divorciado ha fracasado en su anterior relación y ha “cazado” al soltero, que podría encontrar a alguien sin un pasado difícil a sus espaldas; el joven está con alguien mayor por su dinero o porque le recuerda a una figura paterna y la única motivación del mayor es el sexo; el negro ha dado un salto social uniéndose al blanco, pero le abandonará en cuanto haya alcanzado un cierto estatus, porque le “tira” la gente de su raza; el universitario acabará aburriéndose de un compañero sin estudios, porque no podrán compartir intereses comunes y no encajarán en sus respectivos círculos de amigos; el musulmán acabará imponiendo su religión y, si hay un divorcio, tratará de quedarse con la custodia de los hijos e incluso podría volver a su país de origen…

Los prejuicios son demoledores: presuponen intenciones, predicen comportamientos e inoculan dudas en las parejas.  Dictan sentencia y rompen demasiadas ilusiones. Los prejuicios -no las diferencias- sí son enemigos para el amor. Las diferencias requieren mayor flexibilidad por ambas partes, pero no son obstáculos insalvables. Las estadísticas no funcionan para las relaciones: lo que le sirve a una es inútil para otra. Lo verdaderamente peligroso para una pareja no es la desigualdad en alguna faceta, sino la ausencia de sentimientos y de generosidad para procurar la felicidad del otro. En el amor no hay garantías ni seguros: hay que arriesgarse a vivirlo.

domingo, 10 de julio de 2011

En carne viva

Visitar una exposición retrospectiva de un artista es como sostener entre las manos un álbum completo de su vida que incluye fotografías, anotaciones, bocetos, tachaduras, recortes… Las obras que hay dentro de la sala hablan de su búsqueda y sus respuestas, de su forma de ver el mundo y traducirlo a un lenguaje íntimo y particular. Ésta fue la sensación que tuve este fin de semana al visitar la exposición de Yayoi Kusama en el Museo Reina Sofía: la de adentrarme en un viaje acelerado por la vida de esta artista japonesa que no ha parado de lanzar mensajes al mundo desde que era muy joven hasta nuestros días, en los que sigue creando pinturas y esculturas en el hospital donde reside.

La evolución de su obra deja al descubierto sus circunstancias, sus hallazgos, sus huellas en el camino: la ingenuidad de los primeros años; las obsesiones de su etapa neoyorkina, en la que transformaba objetos cotidianos con elementos que representaban sus miedos y que repetía hasta la extenuación; la nostalgia de la mujer oriental que se sabía extranjera en Occidente y reunía en sus collages cientos de pegatinas de correo postal; la crítica a una sociedad rígida y burguesa con cientos de puntos de colores que invadían muebles, mesas y sillas; el mundo divertido y naif que creaba en sus instalaciones de cristal, luces y agua; el colorido y la fuerza de su fase de madurez, con pinturas que atrapaban al espectador con el magnetismo de las vallas publicitarias al borde de la carretera…

Kusama crea un universo complejo y expansivo, en constante evolución. Su obra puede gustar más o menos, pero es difícil que deje a alguien indiferente: en ella se reconoce la sinceridad del verdadero artista, de quien decide mostrarse y compartir hasta las últimas consecuencias, con toda su vulnerabilidad. En carne viva.

domingo, 26 de junio de 2011

Solsticio de verano

El verano ha llegado con la sombrilla cargada al hombro, el hielo rebosando en el congelador y la sintonía machacona de unos grandes almacenes que promocionan sus ofertas de viajes -“El ve-ra-ni-to, el ve-ra-ni-to…”- con los acordes de un tema popularizado por un personaje mítico de las vacaciones: Georgie Dann. La imagen inconfundible del cantante -con su pelo negro, su camisa hawaiana y sus coreografías repetidas en verbenas- forma parte del paisaje del verano y se asocia a otros personajes habituales de las playas: el chico de color que ofrece caftanes a 6 euros; el padre que no soporta el calor y espera a su familia tomando cervezas en el chiringuito; la chica explosiva que sale a cámara lenta del mar consciente de ser el centro de todas las miradas; la señora con pamela que da instrucciones por teléfono a su asistenta; los niños que construyen castillos; la matriarca de un clan cargada de bocadillos, tortillas y sandía; los adolescentes que ríen en grupo, las abuelas que se mojan los pies en la orilla, los amigos que juegan a las palas…

Por encima de todos ellos, sobre un fondo azul en el que cada hora cruza una avioneta con pancarta publicitaria, el verdadero protagonista del verano: el sol, que con una fuerza abrasadora se empeña en subir los grados, calentar los termómetros y dejarnos solo algunas horas de tregua. Por eso, quizás, la noche es el momento más apetecible del verano: el olor pegajoso del bronceador deja paso a la fragancia ligera del jazmín, las familias prolongan la sobremesa de la cena charlando en las terrazas y el sueño termina por atraparnos con el sonido monocorde de las cigarras. La ciudad duerme con pijamas ligeros, las ventanas abiertas y aparatos antimosquitos cerca de las mesillas. El verano es calor y descanso, aspas de ventilador que no dejan de girar, un perro que ladra en la noche, botellas de agua que entran y salen del frigorífico… Y sí. También una canción pegadiza y hortera que suena a todas horas en las emisoras. “El ve-ra-ni-to, el ve-ra-ni-to….”.

lunes, 13 de junio de 2011

Mujer gitana sobre fondo gris

Su presencia resultaba extraña en el escenario moderno y experimental de Matadero: una mujer gitana de mediana edad, de figura oronda y pelo negrísimo como su falda y su camisa de lentejuelas, permanecía en silencio sobre las tablas mientras el bailaor ejecutaba coreografías impredecibles. El espectáculo prometía fusión de flamenco y danza contemporánea: en ciertos momentos sorprendía y en muchos otros desconcertaba. Demasiado esfuerzo por resultar original. Demasiadas piruetas, demasiadas situaciones absurdas. Ninguna historia. Demasiado frío.

Afortunadamente, cuando el público ya comenzaba a impacientarse, un foco de luz iluminó a la cantaora, que sin ningún acompañamiento musical, completamente desarmada, llenó su pecho de aire, cerró los ojos y comenzó su actuación sobre el escenario. Su voz salía con fuerza y se extendía por el auditorio como una sábana invisible, cálida y envolvente. Cantaba al desamor con profundidad y fuerza, con una sinceridad descarnada, rota y dolorida. “Nuestro amor, qué poquito nos ha ‘durao”, se lamentaba. Acompañaba su cante con pequeños golpes acompasados sobre una mesa de madera. Su mano gruesa -abierta como un abanico, acostumbrada a trajinar con ollas en las que hacer pucheros, acunar a niños y cuidar a enfermos- su mano gruesa de matriarca madura y experimentada caía sobre la mesa rotunda, desconsolada.

“Qué poquito nos ha ‘durao’. El amor. Qué poquito nos ha ‘durao”. Cantaba sin artificios, sin imposturas, como hubiera cantado en su casa o en una fiesta con amigos. Desde dentro y con comodidad, haciendo lo que sabía, como lo venía ensayando y puliendo desde hacía años. Ambos artistas eran buenos, pero había una gran diferencia entre ellos: uno buscaba impresionar, acaparar la atención de los críticos y distinguirse a toda costa, mientras que la otra, sin embargo, se esforzaba únicamente en proyectar sus sentimientos y la fuerza de esa intención creaba una química especial con el público que la convertía en la verdadera protagonista del espectáculo.

Los espectadores de una obra valoran la técnica, pero por encima de todo buscan emociones. El juicio de los otros puede ser una referencia para el artista, pero nunca un objetivo. Quien aspira al elogio y al reconocimiento corre el peligro de perderse: la autenticidad y el ego transitan por caminos diferentes.

domingo, 5 de junio de 2011

Tormenta

Tormenta: cortinas de agua, calles desiertas, pies que saltan sobre los charcos.

Siesta

Siesta: cuerpo en una tumbona mecido por su propio peso, reloj detenido, descanso apacible. Relax.

Infancia

Infancia: letras recién aprendidas sobre un cuaderno, cuentos que preceden a la hora de dormir. Derecho a equivocarse. Deber de aprender. Todavía.

domingo, 29 de mayo de 2011

Quiera Dios. Quiera yo...

“¡Ojalá me pase algún día!”, escucho después de un largo suspiro. Unas vacaciones románticas, un nuevo trabajo con mejores condiciones, una pareja que funcione, una casa más confortable y espaciosa, un nuevo miembro en la familia, un círculo de amigos amplio y enriquecedor… Ojalá me pase y un suspiro. Segundos de silencio. Mirada furtiva hacia el suelo. Las palabras, para quien sabe oírlas y sopesarlas, continúan hablando de nosotros aún cuando hayamos dado un asunto por concluido. Ojalá (palabra de origen árabe que literalmente significa “Si Dios quisiera”). Si Dios quisiera. O la suerte. O la maldita casualidad… Suspiro. Aunque parece tan improbable…

Las palabras son indiscretas, sí. Reflejan de un modo preciso el esquema mental que estamos empleando y las emociones que nos suscitan. No importa los años que hayamos cumplido: todavía esperamos que salga el genio de la lámpara y cambie de un golpe la parte más difícil de nuestras vidas. A veces no es tan complicado encontrar la forma de hacer realidad nuestros sueños: las opciones no están tan lejos de nosotros, pero para acceder a ellas hay que cambiar nuestros enfoques. Por supuesto que hay componentes que influyen sobre nosotros y se escapan de nuestra voluntad para actuar sobre ellos, pero también existe un margen amplio de conquista personal.

Pasará, si Dios quiere. Y tú, ¿quieres que pase? Y si es así, ¿qué estás haciendo para conseguirlo?

domingo, 8 de mayo de 2011

Simplificar = ganar calidad de vida

No tenía la misma sensación desde Navidad, cuando la búsqueda de regalos se convirtió en una maratón por los centros comerciales durante los días previos a las fiestas. Algo parecido me pasó el Sábado Santo: quería encontrar un obsequio especial para una prima que hacía la comunión y, aunque había visto en la primera tienda un regalo que me parecía apropiado, me recorrí todo las tiendas del centro con la esperanza de localizar un objeto que le hiciera realmente ilusión. Después de casi tres horas dando vueltas, de preguntas a dependientes y apertura y cierre de paraguas cada vez que salía o entraba de un establecimiento, volví al punto de partida y me decanté por la opción inicial que había visto. De camino a casa, cansada y un poco decepcionada, me preguntaba si realmente habría acertado con mi elección.

Llegó el sábado de la comunión y el día fue emocionante para todos. Ella estaba radiante con su vestido blanco y contagiaba alegría en cada momento: cuando saludaba a la familia, en los juegos que compartía con los otros niños, cada vez que quitaba el envoltorio y descubría un nuevo regalo… Vivía cada momento intensamente, como si estuviera en un parque temático y no parara de divertirse y sorprenderse con cada atracción. Todo lo que pasó ese día fue especial para ella, desde lo más sencillo hasta lo más sofisticado. Los niños tienen esa capacidad: disfrutan al máximo con lo que tienen a su alcance y no ponen tantos condicionantes a la ilusión y la felicidad como hacemos los adultos.

Por eso quizás al final de la tarde terminaron jugando y riéndose a carcajada limpia con unos globos, aunque en una esquina de la sala se amontonaban decenas de regalos. Lo importante era pasarlo bien y compartirlo con quienes estaban alrededor y los globos servían perfectamente para eso. Hasta cierta edad, simplificamos la vida de forma natural y totalmente espontánea. Transcurridos unos años, adquirimos una habilidad asombrosa para complicarla y ponernos obstáculos inútiles en el camino. Simplificar es ganar calidad de vida en tiempo y energía para disfrutar de los momentos que realmente merecen la pena.

lunes, 28 de marzo de 2011

Alguien que te espera

El tren está a punto de llegar a la estación. Los mapas que aparecen en los monitores señalan el recorrido con una línea verde que está cada vez más cerca de Madrid. Algunos pasajeros han comenzado a levantarse y estiran los brazos y las piernas como gatos que hubieran dormido al sol. El trayecto de ida, a primera hora de la mañana, estaba repleto de voces que se comunicaban con sus oficinas a través de teléfonos móviles, de dedos que se deslizaban veloces sobre los teclados de las blackberries y de puertas que se abrían y cerraban continuamente de camino al vagón- cafetería.


La vuelta es más reposada. El día ha sido duro y la lluvia no lo ha puesto fácil. Las nubes han cubierto Barcelona de manos negras y han dejado a su paso aglomeraciones en las carreteras, visitas anuladas y más de una complicación. El tren anuncia su llegada a la estación Puerta de Atocha y los pasajeros salen deprisa. Aún queda un trayecto en transporte público o en taxi y las colas se multiplican a última hora de la tarde. Hombres de negocio recorren el andén en zigzag sorteando a las mujeres con carros de bebé, jóvenes estudiantes suben la escalera mecánica saltando los escalones de dos en dos y chicas con tacón alto tiran de pesadas maletas mientras consiguen orientarse y divisan el cartel de salida. Hay un deseo común en esas personas que corren: todos ellos sienten urgencia de llegar a casa y comenzar su tiempo de descanso. Camino por el andén con el mismo cansancio, pero con menos prisa: en medio de la multitud reconozco sonriente a mi marido. El amor también es eso: saber que al final del día alguien te espera con los brazos abiertos.

domingo, 6 de marzo de 2011

Lo quiero...¡pero tiene que ser ya!

Ahora mismo. Queremos algo y deseamos que se materialice lo antes posible, con urgencia, como si nuestra felicidad dependiera de la consecución de ese sueño que está tardando demasiado tiempo en llegar: vender una casa, aprobar unas oposiciones, encontrar a la pareja definitiva, recibir una oferta laboral o cualquier otro objetivo que hayamos dibujado al otro lado de la línea de meta.

Tiene que ser ya. Y si no se realizan en los días, semanas o meses venideros nuestra vida parece tambalearse y surgen todo tipo de dudas sobre nuestra capacidad para conquistarlos o merecerlos. Los retrasos asustan. Los tiempos de espera desesperan. Estamos dispuesto a sacrificarnos e incluso a endeudarnos para conseguir un sueño, pero nos cuesta muchísimo tener que esperar por él.
El calendario no es el mejor amigo de los sueños. Pone límites temporales a un proyecto sin tener en cuenta la idoneidad de las circunstancias o el momento vital que atravesamos. Mira el reloj. Presiona y pregunta en voz baja: ¿estás seguro…?

Y sí, si que estamos seguros. Pero el viento sopla con fuerza a la contra. La tormenta arrecia y hay pocos apoyos a la vista.

Y entonces… ¿seguimos soñando?

Por supuesto. Seguimos soñando y trabajando para realizar nuestros proyectos. Pero no nos desquiciamos porque no salgan a la primera ni luchamos contra molinos de viento. Esperamos a que termine el temporal y damos la mano a quienes nos quieren y desean nuestra felicidad. Buscamos soluciones, probamos alternativas y dejamos de obsesionarnos con los resultados. La inmediatez no es sinónimo de éxito… Todo llega, pero no necesariamente en el momento ni bajo la forma en que lo habíamos previsto.

domingo, 13 de febrero de 2011

Incompatibilidades

Cuando éramos adolescentes y una amiga nos anunciaba que estaba empezando a salir con una nueva pareja, la pregunta era siempre la misma: “¿Es guapo?”. El atractivo físico era determinante en las elecciones y eclipsaba otras cualidades fundamentales para sostener la relación, pero en ese momento desconocíamos hasta qué punto eran necesarias. La belleza o el carisma de la persona deseada emitían una luz que deslumbraba e imponía sus propias reglas: seguirla exigía negociaciones, soledades, conflictos…

A esa edad no sabíamos medir el efecto de las incompatibilidades y, meses después, asistíamos al sufrimiento de la chica que no conseguía ver durante el día a un novio amante de la fiesta y la vida nocturna; al aburrimiento del compañero que pasaba los fines de semana frente al televisor con una chica taciturna y poco sociable; a la frustración de una amiga que notaba cómo saltaban las chispas entre su pareja y su familia en las contadas celebraciones a las que asistían juntos, o a la impotencia del chico que se sentía ninguneado por las exigencias y la actitud de superioridad de su compañera.

Los años y las experiencias vividas ponen en cuarentena al atractivo y nos hacen fijar nuestra atención en otro tipo de cualidades más útiles y valiosas para la convivencia. Por eso, cuando una amiga nos comenta que está conociendo a alguien, la pregunta tiene ahora un enfoque diferente: “¿Qué tal os lleváis?”.

lunes, 24 de enero de 2011

Pequeños adultos

“¿Por qué?”. La reacción es unánime en todas las personas que conocen la noticia. Silencio. Pesar. Unos segundos de reflexión y la misma pregunta -¿por qué?- tratando de encontrar una explicación al comportamiento de una niña francesa de 10 años que hace pocos días terminó con su vida saltando al vacío desde la terraza de su casa.

Resulta difícil imaginar cómo una niña en edad de juegos, aprendizaje y diversión tomara una decisión de adulta desesperada y abrumada por los acontecimientos. Cada vez los niños son niños por menos tiempo, en parte por el ritmo enloquecido que les imponemos los mayores. Hace poco leí que una de las frases que escuchan con más frecuencia los críos es “date prisa”. Date prisa para terminar el desayuno porque tengo que llevarte al cole y salir corriendo al trabajo. Date prisa para llegar a tiempo a la clase que toca esta tarde, una distinta para cada día de la semana -ballet, música, judo, natación e inglés-. Date prisa para hacer los deberes. Date prisa para terminar la cena. Date prisa para irte a dormir…

La vida de muchos niños es una carrera constante sin señales reconocibles en el camino, un esfuerzo permanente que puede resultar muy frustrante si aún no tienen la edad suficiente para asumir ni comprender las exigencias de los adultos, que con frecuencia les instamos a que se valgan por sí mismos y asuman responsabilidades de una forma demasiado prematura.

Dejemos que los niños disfruten de su infancia, que jueguen, fantaseen y vivan experiencias propias de su edad sin sobrecargarles de tareas ni exponerles a situaciones de estrés que podríamos evitar con un poco más de paciencia o una mejor organización por nuestra parte.

No hay que tener prisa para dejar de ser niños, al contrario: hay que tomarse el tiempo necesario para acceder al mundo de los adultos. Una vez que estás dentro de él, ya no hay posibilidad de escapatoria.

martes, 4 de enero de 2011

Tomar la iniciativa

Hay algo de mágico en los tentáculos virtuales de Facebook. Llegan a hogares de la geografía más remota, escarban en el pasado y sacan a la superficie fotografías de la infancia y nombres de compañeros de clase que vimos por última vez en un listado de notas sobre un tablón de corcho.


-“¡Madre mía, cuánto tiempo hacía que no hablaba contigo!”-. En los últimos meses he repetido varias veces esta frase al recibir un correo o intercambiar saludos en el chat. 15 años después, la vida nos ha vuelto a poner en el camino. Por eso me hizo especial ilusión volver a encontrarme con algunas amigas de la infancia esta Navidad, la época más propicia para los encuentros y las celebraciones. Afortunadamente, pudo más nuestra ilusión por volver a vernos que cualquier idea preconcebida (¿saldrá todo bien? ¿tendremos cosas en común o habremos cambiado demasiado? ¿será una buena idea después de todo?). El punto de encuentro fue una tetería de Málaga, un local cálido y acogedor repleto de gente joven, conversaciones y una carta interminable de bebidas. Mayka, con su simpatía habitual y su buen humor, fue la primera en romper el hielo: está feliz con su marido y su nueva vida en Londres y su día a día es como la ciudad, brillante y a veces cubierta de bruma, con la nostalgia inevitable de quienes comienzan desde cero en otro lugar.


Sobre nuevos paisajes y amistades la experta es Inma, recién llegada de Estados Unidos. Ha disfrutado al máximo de la experiencia y está deseando volver. Inma es la más silenciosa del grupo y quizás la más sensible: observa, escucha con atención y medita las palabras de sus interlocutores. Sin embargo, cuando llega su turno comparte sus recuerdos con emoción y sinceridad. Es una mujer discreta y generosa.


Y Mariola. ¿Qué decir de la amiga que más se ha preocupado por estar en contacto con todos? Siempre con una sonrisa resplandeciente, atenta y cariñosa. En cualquier grupo tiene que haber alguien como ella, una persona experta en abrir las puertas, allanar el camino y contagiar entusiasmo a los recién llegados.


Hablamos mucho, nos reímos más aún y, sobre todo, tuvimos la sensación de haber estado durante unas horas dentro de un túnel del tiempo: nada parecía haber cambiado desde la última vez que nos vimos, al menos no la facilidad para conectar y sentirnos a gusto.


Las redes sociales tienen sentido cuando dejan de ser virtuales y se trasladan a la realidad. Un amigo con el que sólo nos comunicamos por Internet no es un amigo, es un contacto, alguien que conocemos de lejos, con la frialdad de la distancia. Por eso es importante tomar la iniciativa y propiciar el encuentro. La vida y las relaciones reales son mucho más sorprendentes y emocionantes que las virtuales.