martes, 23 de agosto de 2011

Sucedáneos

No nos damos cuenta de las tensiones que acumulamos a lo largo del año hasta que llegan los días de vacaciones, extendemos la toalla sobre la arena y nos dejamos invadir por el ritmo lento y acompasado del mar, especialmente si estamos a orillas del Mediterráneo. Las vacaciones desvían la mirada del reloj y la dirigen suavemente hacia un horizonte de planes sencillos y apetecibles: la lectura de un buen libro bajo la sombrilla; una cerveza casi helada a la hora del aperitivo; nado y buceo en un agua en su punto justo de temperatura; comidas familiares y cenas con amigos…

En las ciudades han proliferado los lugares de descanso y relax, pero ninguno de ellos resulta tan poderoso y efectivo como el contacto directo con la Naturaleza. Los gimnasios pueden ser muy espaciosos y estar bien equipados, pero no pueden ofrecer las sensaciones que surgen del ejercicio al aire libre: los minutos que pasamos sobre la bicicleta estática no son comparables a los paseos por el campo o la playa, especialmente al atardecer, con una brisa incipiente que amortigua el esfuerzo del pedaleo; la fuerza tonificante del mar no tiene parangón con la mansedumbre del agua de la piscina; y el jogging en la montaña o en la orilla es mucho más placentero que la carrera sobre una cinta. Los gimnasios y spas son útiles para mantenernos en forma, pero la verdadera relajación surge del contacto directo con la  Naturaleza, con su ritmo pausado, sus paisajes abiertos y sus vibraciones contagiosas y calmantes.

1 comentario:

  1. No hay nada como la Naturaleza, cuando tengo unos días libres me escapo a la montaña.

    ResponderEliminar