miércoles, 28 de abril de 2010

Mujer invisible con niño a la espalda

Llegó sin hacer ruido, con media docena de collares suspendidos en cada brazo y un bebé rollizo durmiendo a su espalda. Caminaba con cierto cansancio, con un turbante y una túnica que evocaban los colores de la Sabana. Según los turistas ricos, el mayor encanto de África era el colorido espectacular del amanecer. Ella, que nunca había viajado en primera ni sabía lo que era un tour, recordaba África en blanco y negro, con miseria y dificultades. Algunas vidas son más agradables cuando se miran desde lejos.

-“Tres euros”-, informaba mientras acercaba los collares a los comensales que ocupaban las mesas del paseo marítimo. Grupos de amigos charlaban animadamente entre copa y copa, algunas parejas se hacían confidencias a la luz de las velas y los camareros hacían juegos malabares con las bandejas mientras sorteaban a niños corriendo y turistas despistados.

Los posibles compradores movían la cabeza en un gesto de negación y seguían hablando animadamente. A veces cuesta mucho mirar a los ojos y decir un par de palabras. Hay un mundo que se mueve en la sombra y es invisible para el resto. La mujer se marchó en silencio, sin haber vendido ningún collar. Las conversaciones, las risas y los juegos continuaron hasta la madrugada. A ella no la miró nadie en toda la noche.

martes, 20 de abril de 2010

Amores que terminan

No todos los amores duran para siempre, ni nos marcan de la misma manera. Hay personas que llegan a nuestras vidas para quedarse y otras que nos acompañan sólo durante un tramo del camino. En cualquier caso no es la duración lo que define el sentido de una relación, sino su impacto, su balance a favor de los buenos recuerdos y las experiencias vividas en común.

Lo que distingue a un gran amor de un amor de paso es la profundidad de sus huellas. El reconocimiento de haber vivido algo especial que ha sido capaz de transformarnos y convertirnos en personas mejores de lo que éramos antes de haber conocido a ese amor. El respeto por el tiempo compartido. La generosidad de haberse ido minutos antes de que la llama se apagase -cuando la ausencia del otro todavía dolía demasiado- para no permitir que la relación se agrietara con la decepción y el desamor.

Una relación terminada no es una relación fracasada. En el amor, el único fracaso es el odio y el rencor.

miércoles, 14 de abril de 2010

Andén

Andén: lugar de paso, apertura y cierre de puertas, ojos que miran detrás de los cristales.

domingo, 11 de abril de 2010

Aprender a compartir

Resulta fácil distinguirlas entre la muchedumbre: caminan deprisa, hablan de forma directa y viven agobiadas con una lista interminable de tareas pendientes. Trabajan, se ocupan de sus hijos, gestionan la intendencia de sus casas y terminan el día completamente agotadas y con la sensación de que las cosas más importantes de la vida se les están escapando de las manos.

Miles de mujeres transitan diariamente por los mismos laberintos, tratando de encontrar un camino que, en vez de conducirles a la salida, les sitúa una y otra vez en el punto de inicio, con las mismas trampas y los mismos obstáculos. De entre todos ellos -la falta de ayuda, la escasez de recursos…- el más severo y frustrante es el de la propia exigencia: cumplir a la perfección con todo y con todos. El perfeccionismo es un arma de doble filo: nos ayuda a mejorar y superarnos, pero también nos esclaviza y nos impide disfrutar de momentos que quizás no vuelvan a repetirse y que hemos acabado sacrificando por una obligación de cuestionable urgencia.

Lo más paradójico de la situación es que para las mujeres perfeccionistas cualquier pequeño detalle se convierte en una tarea ineludible: redactar un mail a un cliente que sólo ellas saben contentar, cocinar la tarta de cumpleaños de su hijo o levantarse inmediatamente de la mesa para limpiar los platos mientras los demás disfrutan de una agradable conversación. Si ellas no lo hacen personalmente, seguro que no saldrá igual de bien.

Si fuéramos más conscientes de nuestras prioridades y nos dejáramos ayudar con más frecuencia, el mundo sería un lugar más cómodo y menos estresante para las mujeres. Desde pequeñas nos han enseñado a atender e implicarnos en nuestras tareas pero… ¿cuándo vamos a aprender a compartirlas?

domingo, 4 de abril de 2010

Mudanzas

Las mudanzas actúan con la fuerza de un cataclismo: en pocas horas derrumban el paisaje que hemos tardado años en construir. Arrasan los rincones favoritos -aquéllos donde un objeto lucía bajo una luz especial o en los que nos sentíamos cómodos y relajados-, rompen la calidez que hasta minutos antes había reinado en el espacio y llenan la casa de desconocidos que embalan con rapidez y absoluta frialdad nuestras pertenencias más personales. El hogar comienza a desaparecer y se transforma en un lugar de paso, en un expediente nuevo en el ordenador de una agencia inmobiliaria.

Las mudanzas tienen un halo de nostalgia y el color sepia de las fotografías antiguas: extravían algunos objetos y sacan a relucir recuerdos de los que nos cuesta demasiado desprendernos. Cambiar de casa implica adentrarse de lleno en el desván y tener la valentía de abrir los baúles, fijar un nuevo orden y despedirse de cosas que ya no tienen sentido que nos sigan acompañando. Vaciar cajones y liberar hojas del álbum. Afrontar el reto de personalizar un nuevo espacio empezando desde cero, pero con la ilusión de inaugurar una nueva casa, una nueva vida.

Los inicios tienen la fuerza y la alegría de un cuadro gigante lleno de colores.