miércoles, 22 de septiembre de 2010

Hombres de verdad

-“El problema es que ya no quedan hombres de verdad. A nuestra edad están todos casados o arrastran relaciones fracasadas del tipo ‘me hicieron daño y tengo miedo a enamorarme’ o ‘aún no me siento preparado para empezar algo serio’. Encontrar pareja a partir de los 30 no es difícil: es prácticamente imposible”. Escucho con atención a mi amiga, que no para de girar la cucharilla dentro de su taza de café. Habla con una convicción demoledora, fabricada con estadísticas personales de hombres que entraron con una pasión prometedora en su vida, pero que acabaron saliendo sin muchas explicaciones por la puerta de atrás. Intuyo que ya ha borrado esos nombres de su agenda de teléfono y de su cuenta de msn, que se ha deshecho de las fotos, los regalos y de esos pequeños detalles (una entrada de cine, la tarjeta de un restaurante…) que testimonian el paso de un amor. Sin embargo, de vez en cuando, el recuerdo de algunos de ellos reaparece. Como hoy, como en este preciso instante. No identifico exactamente quiénes son, pero puedo distinguir sus sombras.

Bip-bip. Miro instintivamente mi móvil, pero no tengo ningún mensaje. Mi amiga tarda unos segundos en coger el suyo y se hace la remolona antes de abrir el buzón de entrada. -“A buenas horas da señales de vida”-, comenta defraudada. -“Ayer no contestó a mi mensaje y hoy me invita al cine. Pues va a ser que no, chaval”-, sentencia. -“¿No vas a contestarle?”-, le pregunto pasados unos minutos. -“No. Hoy soy yo la que no responde. Voy a seguir su misma estrategia”-.

Mi amiga guarda el móvil en su bolso con aspecto triunfal. Acaba de ganar un punto, o al menos eso cree. En el mundo de las relaciones fugaces si no tienes estrategia, no eres nadie. No decir las cosas nunca de forma clara, dar a entender que tienes otras opciones, aparentar que ni se te había pasado por la mente comunicarte con él, pero ser irresistiblemente seductora cuando al fin le tienes delante… Conocer a fondo las reglas y ponerlas en práctica.

-“Ya no quedan hombres de verdad”-, se lamenta. Y ella tiene sus razones, aunque quizás se le olvida lo más importante: esos hombres que desearía conocer no aceptarían esas reglas, porque sencillamente buscan otra cosa. Con toda seguridad el tipo de hombre con el que ella sueña no se relacionaría de este modo, ni tampoco esperaría que su pareja lo hiciese. A veces tenemos una expectativa muy fuerte en los otros, pero les damos justamente lo que nunca querríamos recibir. En el amor, sin darnos cuenta, caemos continuamente en nuestras propias telas de araña.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Motivos para alegrarse la vida

Hace años, cuando fui a Londres a hacer un curso de inglés, me impresionó un slogan publicitario que leí en un vagón de metro: “¿Inspiración? Se trata de saber hacia dónde mirar”. En aquel entonces tenía poca experiencia, ninguna herida y escaso entrenamiento en saltar obstáculos. La vida me había mimado y aún no me había sometido a pruebas difíciles. Sin embargo, la frase quedó grabada con fuerza en mi memoria, como si en el fondo supiera que en algún momento volvería a pensar en ella. Hay pensamientos que funcionan como brújulas: nos orientan en trayectos complicados del camino y marcan con claridad la dirección que debemos seguir.

Años después, comprobé la verdad escondida en esa frase. Hicieron falta despedidas indeseadas, cambios de residencia, crisis profesionales y algún que otro arañazo en el corazón para darme cuenta de que en los momentos más duros es cuando hay que mirar con más atención a nuestro alrededor en busca de inspiración, cuando hay que dejar de pensar en lo incómodo de la situación que vivimos para encontrar motivos, por pequeños que sean, para alegrarse un poco la vida.

Durante estos días he pensado más de una vez en esta frase. La he sostenido entre mis manos como una piedra preciosa, mirándola desde todos los ángulos, calibrando cuáles eran las partes que desprendían más luz. Entonces he dejado de pensar en los días que llevo sin salir de casa, en cortisona, ataques de tos e inhaladores. He mirado a mi alrededor y me he recreado en el cariño con el que me está cuidando mi marido, la atención incondicional de mi madre, las llamadas y mensajes afectuosos de familiares, amigos y compañeros de trabajo y los dulces argentinos de Ali.

Los pensamientos positivos contienen un imán: cuanto más los cultivas, con mayor facilidad aparecen. Así que llevo toda la mañana pensando en todas las cosas que voy a hacer cuando me recupere: tomar helado de chocolate, dar un buen paseo por la plaza de Oriente, beber una copa de Rioja, quedar en una terraza con los amigos, volver a casa por mi cumpleaños y cenar con mi familia junto al jardín…

Saber hacia dónde mirar implica buscar en los sitios adecuados y cruzar miradas con las personas más queridas. Por muy gris que sea nuestra situación, siempre encontraremos motivos para que la vida sea más agradable y llevadera.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Estaciones de paso

En cualquier viaje hay estaciones incómodas de transitar. En ocasiones, el tren se estropea y te obliga a pasar un tiempo indefinido en lugares inhóspitos y desagradables, andenes sombríos donde las horas pasan lentamente, pesadamente, cansadamente.

En estos momentos, me encuentro en una de esas etapas. El andén está en la zona Norte de Madrid, junto a cuatro imponentes rascacielos. El hospital de La Paz tiene una estación bulliciosa y concurrida a la que se accede por el Servicio de Urgencias. Celadores de camisa amarilla y pantalón blanco tratan de poner orden en la fila de enfermos que guardan con resignación su turno para ser inscritos en la sala de admisión. Mujeres y hombres de todas las edades, razas y condiciones sociales aguardan para recibir atención mientras reposan las cabezas en el hombro de sus parejas, se tocan con preocupación las partes doloridas de su cuerpo o miran con impaciencia el reloj. Los familiares se ponen nerviosos y preguntan a los celadores, los enfermos en silla de ruedas ralentizan visiblemente el tránsito y las voces de megafonía no paran de llamar a enfermos que buscan con torpeza la consulta 1 (-“¿Han dicho 1, verdad?”-), se dan cita en la puerta de Urgencias para ser conducidos en grupo a las salas de radiografías o son convocados para un tratamiento, como en mi caso.

La primera sensación que tengo al entrar es desoladora: en una ciudad como Madrid, donde los edificios y servicios públicos están tan cuidados, resulta asombroso comprobar el aspecto decadente y anticuado de su hospital principal. Un asiento de metro está mejor cuidado y conservado que un viejo sillón de la sala de curas. Desde el puesto que me asignan, mientras inhalo el líquido gaseoso del aerosol, miro al señor octogenario que tengo enfrente. -“Saturnino, vamos a tener que ingresarle”-, le anuncian. El hombre tiene aspecto de estar cansado y muy enfermo. En su mirada hay varios signos de interrogación (¿Por qué, hasta cuándo…?), pero agacha la cabeza y no dice nada. A su lado, una joven que se contrae sobre el vientre (-“Aún no la ha visto el médico, pero la hemos traído aquí porque estaba sola”-, comenta una ATS a su colega), una chica pelirroja conectada a un suero y un señor de cuarenta y tantos unido por un estrecho tubo y una mascarilla a una máquina de oxígeno. Me encuentro mal, de hecho hacía tiempo que no me encontraba tan mal. Pero el médico de la consulta 9 me ha dicho que podía volver a casa después de haberme recetado los fármacos y haberme explicado la posología. Me siento triste, cansada y dolorida, pero afortunada. En mi caso, el hospital es sólo una estación de paso.