jueves, 2 de septiembre de 2010

Estaciones de paso

En cualquier viaje hay estaciones incómodas de transitar. En ocasiones, el tren se estropea y te obliga a pasar un tiempo indefinido en lugares inhóspitos y desagradables, andenes sombríos donde las horas pasan lentamente, pesadamente, cansadamente.

En estos momentos, me encuentro en una de esas etapas. El andén está en la zona Norte de Madrid, junto a cuatro imponentes rascacielos. El hospital de La Paz tiene una estación bulliciosa y concurrida a la que se accede por el Servicio de Urgencias. Celadores de camisa amarilla y pantalón blanco tratan de poner orden en la fila de enfermos que guardan con resignación su turno para ser inscritos en la sala de admisión. Mujeres y hombres de todas las edades, razas y condiciones sociales aguardan para recibir atención mientras reposan las cabezas en el hombro de sus parejas, se tocan con preocupación las partes doloridas de su cuerpo o miran con impaciencia el reloj. Los familiares se ponen nerviosos y preguntan a los celadores, los enfermos en silla de ruedas ralentizan visiblemente el tránsito y las voces de megafonía no paran de llamar a enfermos que buscan con torpeza la consulta 1 (-“¿Han dicho 1, verdad?”-), se dan cita en la puerta de Urgencias para ser conducidos en grupo a las salas de radiografías o son convocados para un tratamiento, como en mi caso.

La primera sensación que tengo al entrar es desoladora: en una ciudad como Madrid, donde los edificios y servicios públicos están tan cuidados, resulta asombroso comprobar el aspecto decadente y anticuado de su hospital principal. Un asiento de metro está mejor cuidado y conservado que un viejo sillón de la sala de curas. Desde el puesto que me asignan, mientras inhalo el líquido gaseoso del aerosol, miro al señor octogenario que tengo enfrente. -“Saturnino, vamos a tener que ingresarle”-, le anuncian. El hombre tiene aspecto de estar cansado y muy enfermo. En su mirada hay varios signos de interrogación (¿Por qué, hasta cuándo…?), pero agacha la cabeza y no dice nada. A su lado, una joven que se contrae sobre el vientre (-“Aún no la ha visto el médico, pero la hemos traído aquí porque estaba sola”-, comenta una ATS a su colega), una chica pelirroja conectada a un suero y un señor de cuarenta y tantos unido por un estrecho tubo y una mascarilla a una máquina de oxígeno. Me encuentro mal, de hecho hacía tiempo que no me encontraba tan mal. Pero el médico de la consulta 9 me ha dicho que podía volver a casa después de haberme recetado los fármacos y haberme explicado la posología. Me siento triste, cansada y dolorida, pero afortunada. En mi caso, el hospital es sólo una estación de paso.

3 comentarios:

  1. Y que lo siga siendo. Mucho más con esas infraestructuras. Quizás el personal sea algo mejor.
    Besitos.

    ResponderEliminar
  2. Sí, afortunadamente he recibido un trato muy humano y profesional. Gracias por tus palabras. Besos

    ResponderEliminar
  3. Animo Estefanía que pronto te recuperarás y te tendremos por aquí de nuevo
    Besitos

    ResponderEliminar