lunes, 26 de septiembre de 2011

El árbol de la vida

Sucedió cuando sólo habían trascurrido 20 minutos desde el inicio de la película: las luces de algunos dispositivos móviles comenzaron a encenderse. Sus dueños comentaban sus impresiones en alguna red social, respondían mensajes o comprobaban los minutos que faltaban para el fin de la proyección. No había pasado mucho tiempo, pero habían dejado de prestar toda su atención a la historia que se desarrollaba en la pantalla. Poco a poco, el sentimiento se fue extendiendo a un número cada vez mayor de espectadores. Algunos se cambiaban de postura en los asientos y otros entornaban los ojos con la sucesión de imágenes oníricas que a cada rato interrumpían la narración para reflejar simbólicamente los sentimientos de los personajes: algas en pausado movimiento, animales marinos transportándose en el mar, masas de fuego en colisión…

“El árbol de la vida” es una película difícil: la historia es interesante, el trabajo actoral es muy bueno y la belleza visual y sonora, innegable. El escollo de esta cinta es la puesta en escena. En el mundo del cine -y del Arte en general- hay una tendencia generalizada a identificar “profundidad” con “densidad”, como si para abordar una historia rica en emociones hubiera que arrugar el entrecejo, adoptar un tono solemne y desarrollar un discurso conceptual y cuajado de referencias. Existe un cliché de “profundidad” que repiten algunos creadores: ritmo intencionalmente lento, planos subjetivos, movimientos sinuosos…

Sin embargo, ¿es realmente necesario recurrir constantemente a este tipo de efectos para expresar un sentimiento que se intuye en la mirada de un personaje o en la carga emocional de un diálogo? Creo que no. Hay elementos que sobran y le restan intensidad a la trama. Cada vez valoro más la sencillez en una puesta en escena, la valentía de no abusar de los artificios para poner en valor el trabajo de los actores y la fuerza de un guión. La profundidad no tiene que ver con la pesadez, sino con la capacidad para traer a la superficie una verdad reconocible para todos.

2 comentarios:

  1. Pues no te pierdas la película de Isaki Lacuesta que ha ganado en San Sebastián. Por lo que dicen es todavía más plasta que esta.

    El mayor pecado del cine es el aburrimiento y el segundo mayor la pedantería. Cuando se unen, el cóctel resulta terrorífico.

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  2. Estoy de acuerdo contigo, Luis. Gracias por estar ahí.

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