martes, 12 de octubre de 2010

Yo invito a esta ronda

“No tengo dinero para hacer muchos planes. Estoy en paro”. Hacía tiempo que no escuchaba esta frase, quizás desde mis años de Universidad, donde muchos compañeros tenían que dividir su tiempo entre las horas de clases y las que pasaban cuidando a algún niño o sirviendo copas en un bar los fines de semana para poder afrontar sus gastos. Entonces el dinero servía para amortizar la matrícula, comprar cigarrillos o planificar una pequeña escapada. La misma frase pronunciada años después hunde los hombros de quien la pronuncia con el peso de la hipoteca, la guardería y la letra del coche familiar.

La crisis es una mancha resbaladiza: te hace tambalear y te impide recuperar el paso durante un tiempo. Por eso los desempleados y los mileuristas -que integran la categoría siguiente en el mundo de la precariedad laboral- soportan una carga tan pesada: a la preocupación por cumplir con sus pagos se suma la impotencia de saberse fuera del sistema, en una situación donde no hay lugar para planes a simple vista tan insignificantes como salir a cenar con los amigos o pasar un fin de semana en una casa rural. El sistema no entiende de recortes de plantilla, ni de proyectos aplazados en la agenda inestable de los autónomos. Estás dentro y ganas dinero o estás fuera y te las tienes que ingeniar como sea para salir adelante. No hay fórmulas intermedias. La falta de recursos es uno de los principales motivos de exclusión en nuestro mundo moderno y productivo.

En estos momentos de incertidumbre, la amistad es una fuente poderosa de energía para salir del bache. ¿No hay dinero para unas tapas por el centro? Pues abramos la puerta de nuestra casa para recibir a los amigos con una comida sencilla y una buena sobremesa. Renunciemos a los planes caros, pero no al placer de estar en compañía de quienes nos quieren y saben cómo somos y cuánto valemos independientemente de nuestra situación laboral.

La fortuna es caprichosa: unas veces nos eleva y otras nos hace descender a los infiernos. Por eso hay que sujetar con fuerza las manos de quienes resbalan: la solidaridad es el bálsamo más efectivo para superar los malos momentos. Ahora ha llegado el turno de quienes estamos trabajando. Ésta es nuestra oportunidad para pronunciar esa frase tan sociable y generosa que hemos escuchado decenas de veces en las películas: “Yo invito a esta ronda”.

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